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“Impulsando el pensamiento crítico”. Cuenta2:@MisColumnas Cuenta3:@Math_Physics_1

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LA INJUSTICIA DEL AZAR Y LA CRUDEZA DEL DESTINO Hay muertes que no admiten explicación moral. No enseñan, no redimen, no ordenan el mundo. Ocurren y ya. Son la expresión más desnuda del azar, esa fuerza impersonal que reparte tragedias sin criterio, como si el universo jugara a lanzar dados sobre la vida humana. Un accidente —así lo llamamos, con una palabra pequeña— basta para recordarlo. Un choque. Un transporte de gas. Un líquido contenido a baja temperatura y alta presión que, al liberarse, deja de obedecer. Se convierte en nube. En manto invisible. En abrazo mortal. Avanza pegado al suelo, pesado, silencioso, cubriendo todo lo que encuentra: autos detenidos, personas apuradas, ciclistas concentrados en el equilibrio, peatones pensando en el almuerzo o en llegar a casa. Y luego, en un instante que no alcanza a ser medido, una chispa. Cualquiera. Una bujía, un cigarro, un motor que insiste en girar. Y el mundo cambia para siempre. La combustión no avisa. No da tiempo a comprender, menos a huir. La reacción se propaga más rápido que el pensamiento, más rápido que el miedo. El fuego corre donde antes había rutina. El estruendo queda grabado en la memoria de quienes sobreviven, como una cicatriz sonora que nunca termina de cerrarse. Y para quienes estaban ahí, en ese punto exacto del mapa y del tiempo, ya no hay memoria: sólo destino cumplido. Eso es lo que duele. No el accidente en sí, sino su arbitrariedad. La injusticia radical de estar en el lugar incorrecto en el momento nefasto. No por imprudencia, no por decisión, no por error propio. Simplemente por estar. Por coincidir. Por haber salido cinco minutos antes o después. Por haber elegido esa ruta y no otra. Por haber detenido el auto en ese semáforo y no en el siguiente. Minutos antes, esas personas pensaban en cosas pequeñas y humanas. En llegar a tiempo. En una llamada pendiente. En una deuda, en un mensaje, en una cita. La vida en su forma más simple y cotidiana. Nada anunciaba el final. Ninguna señal, ningún presagio. El destino no envía notificaciones. Sólo cae. Nos cuesta aceptar que la muerte, a veces, no tiene relato ni causa profunda. Que no hay enseñanza proporcional al dolor. Que no todo ocurre “por algo”. Hay tragedias que no explican nada: sólo interrumpen. Cortan biografías a mitad de frase. Dejan objetos huérfanos de dueños y palabras sin destinatario. Frente a eso, el ser humano intenta ordenar el caos con conceptos nobles: azar, destino, fatalidad. Son intentos de nombrar lo innombrable, de darle forma al absurdo. Pero en el fondo sabemos que no hay consuelo suficiente. Sólo queda el respeto por quienes no tuvieron opción. La memoria de esas vidas detenidas sin consentimiento. Y la conciencia, incómoda y persistente, de que la línea que separa un día cualquiera de una catástrofe es infinitamente delgada. Hoy fueron otros. Mañana, nadie lo sabe. El azar no distingue, el destino no explica. Y quizá por eso, entender su crueldad no nos vuelve cínicos, sino más atentos. Más frágiles. Más conscientes de que vivir —simplemente vivir— es un privilegio precario, sostenido por una combinación misteriosa de rutinas, coincidencias y silencios que, cuando se rompen, nos recuerdan cuán poco control tenemos sobre el final. Mis Columnas

LA INJUSTICIA DEL AZAR Y LA CRUDEZA DEL DESTINO Hay muertes que no admiten explicación moral. No enseñan, no redimen, no ordenan el mundo. Ocurren y ya. Son la expresión más desnuda del azar, esa fuerza impersonal que reparte tragedias sin criterio, como si el universo jugara a lanzar dados sobre la vida humana. Un accidente —así lo llamamos, con una palabra pequeña— basta para recordarlo. Un choque. Un transporte de gas. Un líquido contenido a baja temperatura y alta presión que, al liberarse, deja de obedecer. Se convierte en nube. En manto invisible. En abrazo mortal. Avanza pegado al suelo, pesado, silencioso, cubriendo todo lo que encuentra: autos detenidos, personas apuradas, ciclistas concentrados en el equilibrio, peatones pensando en el almuerzo o en llegar a casa. Y luego, en un instante que no alcanza a ser medido, una chispa. Cualquiera. Una bujía, un cigarro, un motor que insiste en girar. Y el mundo cambia para siempre. La combustión no avisa. No da tiempo a comprender, menos a huir. La reacción se propaga más rápido que el pensamiento, más rápido que el miedo. El fuego corre donde antes había rutina. El estruendo queda grabado en la memoria de quienes sobreviven, como una cicatriz sonora que nunca termina de cerrarse. Y para quienes estaban ahí, en ese punto exacto del mapa y del tiempo, ya no hay memoria: sólo destino cumplido. Eso es lo que duele. No el accidente en sí, sino su arbitrariedad. La injusticia radical de estar en el lugar incorrecto en el momento nefasto. No por imprudencia, no por decisión, no por error propio. Simplemente por estar. Por coincidir. Por haber salido cinco minutos antes o después. Por haber elegido esa ruta y no otra. Por haber detenido el auto en ese semáforo y no en el siguiente. Minutos antes, esas personas pensaban en cosas pequeñas y humanas. En llegar a tiempo. En una llamada pendiente. En una deuda, en un mensaje, en una cita. La vida en su forma más simple y cotidiana. Nada anunciaba el final. Ninguna señal, ningún presagio. El destino no envía notificaciones. Sólo cae. Nos cuesta aceptar que la muerte, a veces, no tiene relato ni causa profunda. Que no hay enseñanza proporcional al dolor. Que no todo ocurre “por algo”. Hay tragedias que no explican nada: sólo interrumpen. Cortan biografías a mitad de frase. Dejan objetos huérfanos de dueños y palabras sin destinatario. Frente a eso, el ser humano intenta ordenar el caos con conceptos nobles: azar, destino, fatalidad. Son intentos de nombrar lo innombrable, de darle forma al absurdo. Pero en el fondo sabemos que no hay consuelo suficiente. Sólo queda el respeto por quienes no tuvieron opción. La memoria de esas vidas detenidas sin consentimiento. Y la conciencia, incómoda y persistente, de que la línea que separa un día cualquiera de una catástrofe es infinitamente delgada. Hoy fueron otros. Mañana, nadie lo sabe. El azar no distingue, el destino no explica. Y quizá por eso, entender su crueldad no nos vuelve cínicos, sino más atentos. Más frágiles. Más conscientes de que vivir —simplemente vivir— es un privilegio precario, sostenido por una combinación misteriosa de rutinas, coincidencias y silencios que, cuando se rompen, nos recuerdan cuán poco control tenemos sobre el final. Mis Columnas

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CON DEMASIADA TOLERANCIA Acabo de ver la entrevista a Javier Olivares en el programa Tolerancia Cero, y definitivamente es un imbécil superlativo, de tomo y lomo, como pocas veces se puede ver en TV. Mis respetos a los 4 panelistas que por mantener las formas no lo ridiculizaron como cualquiera lo hubiese hecho. Quizá el programa debería cambiar de nombre a Demasiada Tolerancia, o Tolerancia Infinita. Tener que entrevistar a un idiota debe ser muy complejo y muy difícil. Mónica Rincón González Rocío Montes Pepe Auth #ToleranciaCero

CON DEMASIADA TOLERANCIA Acabo de ver la entrevista a Javier Olivares en el programa Tolerancia Cero, y definitivamente es un imbécil superlativo, de tomo y lomo, como pocas veces se puede ver en TV. Mis respetos a los 4 panelistas que por mantener las formas no lo ridiculizaron como cualquiera lo hubiese hecho. Quizá el programa debería cambiar de nombre a Demasiada Tolerancia, o Tolerancia Infinita. Tener que entrevistar a un idiota debe ser muy complejo y muy difícil. Mónica Rincón González Rocío Montes Pepe Auth #ToleranciaCero

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“Los gobiernos que NO comunican lo que NO hacen no tienen buena receptividad ciudadana”. Claudio Alvarado. Min. Interior y Vocero. Señor Alvarado. Claudio Alvarado A. Es como decir: No le diré al médico lo que no me duele… ¿Qué tipo de lógica es esa? No hay caso, el lenguaje no se les dio, no se les da y no se les dará. Clases de lógica urgente para el nuevo vocero.

“Los gobiernos que NO comunican lo que NO hacen no tienen buena receptividad ciudadana”. Claudio Alvarado. Min. Interior y Vocero. Señor Alvarado. Claudio Alvarado A. Es como decir: No le diré al médico lo que no me duele… ¿Qué tipo de lógica es esa? No hay caso, el lenguaje no se les dio, no se les da y no se les dará. Clases de lógica urgente para el nuevo vocero.

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LA VERDADERA EMERGENCIA ES EL LENGUAJE Gobernar en gerundio, pensar en borrador. Cuando el poder conjuga mal los verbos, la realidad termina mal escrita. Hay gobiernos que tropiezan en la gestión, otros en la estrategia, algunos en la ética. Este, en cambio, tropieza —y con estrépito— en algo más primario: el lenguaje. Y cuando la palabra falla, no solo se erosiona la forma; se desnuda el fondo. Desde la irrupción de José Antonio Kast y su cohorte ministerial, hemos asistido a un fenómeno curioso: la progresiva degradación del discurso público. No se trata de una cuestión estética ni de elitismo retórico, como apresuradamente podrían caricaturizar algunos, sino de un problema funcional. Gobernar es, en esencia, comunicar. Y aquí, la comunicación no alcanza siquiera el umbral de lo aceptable. Lo que en un inicio pudo interpretarse como inexperiencia, hoy se revela como una constante estructural. Ministros con posgrados —al menos en el papel— que balbucean ideas inconexas; subsecretarios que convierten el exordio en un campo minado de muletillas; vocerías que parecen improvisaciones de sobremesa mal iluminada. La pobreza léxica es apenas la superficie de un problema más profundo: la incapacidad de articular pensamiento con claridad. Porque el lenguaje no es un adorno: es pensamiento en voz alta. Y cuando la sintaxis se desmorona, lo que cae no es sólo la frase, sino la idea misma. Escuchar a ciertas autoridades es asistir a una suerte de naufragio semántico, donde las palabras flotan sin dirección, sin ritmo, sin jerarquía. No hay cadencia, no hay intención, no hay estructura. Sólo ruido. En columnas anteriores —pienso particularmente en aquella dedicada a la vocera Mara Sedini— ya advertíamos esta tendencia: una retórica que abdica de toda aspiración a la precisión y se refugia en una falsa cercanía, como si la informalidad fuese sinónimo de autenticidad. Pero no lo es. Es, más bien, la coartada de la mediocridad. El caso del propio presidente Kast no es mejor, un exordio plano, simplón, facilista, un discurso poco elaborado y pobre en su contenido y técnica, en las antípodas de un estadista de verdad. No hay profundidad, no hay precisión ni conocimiento, menos agudeza ni exactitud. El caso del hoy diputado Orrego es patético, verbaliza mal, no modula y lo peor, no logra salir del mismo lugar común cada vez que habla. Hasta para insultar se requiere cierta lucidez diría el gran Schopenhauer. El problema no es que hablen “como la gente”. Es que hablan peor que la gente cuando la gente intenta hablar bien. Hay en ello una paradoja inquietante: quienes detentan el poder parecen haber renunciado a la responsabilidad de elevar el estándar del discurso público, optando en cambio por mimetizarse con su versión más precaria. Se dirá —y con algo de razón— que la gestión importa más que la elocuencia. Pero esta es una falsa dicotomía. La buena gestión necesita ser explicada, defendida, persuadida. Sin lenguaje, no hay política, hay administración muda. Y un gobierno que no sabe decir lo que hace, termina no sabiendo qué hacer. Lo más preocupante, sin embargo, no es el diagnóstico, sino el pronóstico. No hay señales de corrección. No hay autoconciencia. No hay, siquiera, incomodidad. Se habla mal con la tranquilidad de quien no percibe el error, de quien ha vivido siempre en un ecosistema donde la precariedad lingüística es norma y no excepción. Así, el problema deja de ser individual y se vuelve cultural. No estamos ante ministros que hablan mal, sino ante una élite que ha naturalizado hablar mal. Y cuando eso ocurre, la política pierde una de sus herramientas más nobles: la palabra como instrumento de construcción común. En definitiva, este gobierno no solo desafina: ha olvidado que existe una partitura. Y en ese olvido, cada intervención pública se convierte en una disonancia, en un ejercicio involuntario de descomposición. Porque cuando el lenguaje se empobrece, la política no tarda en seguirle el paso. Mis Columnas

LA VERDADERA EMERGENCIA ES EL LENGUAJE Gobernar en gerundio, pensar en borrador. Cuando el poder conjuga mal los verbos, la realidad termina mal escrita. Hay gobiernos que tropiezan en la gestión, otros en la estrategia, algunos en la ética. Este, en cambio, tropieza —y con estrépito— en algo más primario: el lenguaje. Y cuando la palabra falla, no solo se erosiona la forma; se desnuda el fondo. Desde la irrupción de José Antonio Kast y su cohorte ministerial, hemos asistido a un fenómeno curioso: la progresiva degradación del discurso público. No se trata de una cuestión estética ni de elitismo retórico, como apresuradamente podrían caricaturizar algunos, sino de un problema funcional. Gobernar es, en esencia, comunicar. Y aquí, la comunicación no alcanza siquiera el umbral de lo aceptable. Lo que en un inicio pudo interpretarse como inexperiencia, hoy se revela como una constante estructural. Ministros con posgrados —al menos en el papel— que balbucean ideas inconexas; subsecretarios que convierten el exordio en un campo minado de muletillas; vocerías que parecen improvisaciones de sobremesa mal iluminada. La pobreza léxica es apenas la superficie de un problema más profundo: la incapacidad de articular pensamiento con claridad. Porque el lenguaje no es un adorno: es pensamiento en voz alta. Y cuando la sintaxis se desmorona, lo que cae no es sólo la frase, sino la idea misma. Escuchar a ciertas autoridades es asistir a una suerte de naufragio semántico, donde las palabras flotan sin dirección, sin ritmo, sin jerarquía. No hay cadencia, no hay intención, no hay estructura. Sólo ruido. En columnas anteriores —pienso particularmente en aquella dedicada a la vocera Mara Sedini— ya advertíamos esta tendencia: una retórica que abdica de toda aspiración a la precisión y se refugia en una falsa cercanía, como si la informalidad fuese sinónimo de autenticidad. Pero no lo es. Es, más bien, la coartada de la mediocridad. El caso del propio presidente Kast no es mejor, un exordio plano, simplón, facilista, un discurso poco elaborado y pobre en su contenido y técnica, en las antípodas de un estadista de verdad. No hay profundidad, no hay precisión ni conocimiento, menos agudeza ni exactitud. El caso del hoy diputado Orrego es patético, verbaliza mal, no modula y lo peor, no logra salir del mismo lugar común cada vez que habla. Hasta para insultar se requiere cierta lucidez diría el gran Schopenhauer. El problema no es que hablen “como la gente”. Es que hablan peor que la gente cuando la gente intenta hablar bien. Hay en ello una paradoja inquietante: quienes detentan el poder parecen haber renunciado a la responsabilidad de elevar el estándar del discurso público, optando en cambio por mimetizarse con su versión más precaria. Se dirá —y con algo de razón— que la gestión importa más que la elocuencia. Pero esta es una falsa dicotomía. La buena gestión necesita ser explicada, defendida, persuadida. Sin lenguaje, no hay política, hay administración muda. Y un gobierno que no sabe decir lo que hace, termina no sabiendo qué hacer. Lo más preocupante, sin embargo, no es el diagnóstico, sino el pronóstico. No hay señales de corrección. No hay autoconciencia. No hay, siquiera, incomodidad. Se habla mal con la tranquilidad de quien no percibe el error, de quien ha vivido siempre en un ecosistema donde la precariedad lingüística es norma y no excepción. Así, el problema deja de ser individual y se vuelve cultural. No estamos ante ministros que hablan mal, sino ante una élite que ha naturalizado hablar mal. Y cuando eso ocurre, la política pierde una de sus herramientas más nobles: la palabra como instrumento de construcción común. En definitiva, este gobierno no solo desafina: ha olvidado que existe una partitura. Y en ese olvido, cada intervención pública se convierte en una disonancia, en un ejercicio involuntario de descomposición. Porque cuando el lenguaje se empobrece, la política no tarda en seguirle el paso. Mis Columnas

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El elector de Kast. (Concluya usted)

El elector de Kast. (Concluya usted)

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LA CÁPSULA DEL TIEMPO. Mara Sedini del pasado le habla a Mara Sedini del presente.

LA CÁPSULA DEL TIEMPO. Mara Sedini del pasado le habla a Mara Sedini del presente.

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CARTA ABIERTA A LA MINISTRA DE CIENCIA, TECNOLOGÍA CONOCIMIENTO E INNOVACIÓN. Ximena Lincolao. @Ximenatech Señora Ministra: Hay frases que, por su ligereza, se desvanecen en el aire. Y hay otras —como la suya— que, por su torpeza, merecen ser detenidas, observadas y, si es necesario, desarmadas pieza por pieza. Usted ha señalado que: “uno de los mejores regalos que recibió en su vida fue haber sido pobre”. Permítame decirle, con toda franqueza y respeto, que no es una frase inspiradora; es una afirmación profundamente equivocada y absolutamente errada. La pobreza no es un regalo. No lo ha sido nunca. No lo es en la literatura, ni en la estadística, ni en la experiencia concreta de millones de personas que no pueden darse el lujo de reinterpretarla como una metáfora edificante. La pobreza es carencia: de oportunidades, de acceso, de tiempo, de dignidad. Es restricción acumulativa, no una escuela de virtudes. Cuando una autoridad pública decide romantizarla, lo que hace no es dignificar la adversidad, sino trivializarla. Transforma una condición estructural que el Estado debe combatir en una suerte de anécdota formativa, casi pedagógica. Como si la escasez fuera un curso intensivo de carácter. Como si el hambre tuviera valor didáctico. Como si la precariedad fuese, en el fondo, una bendición mal comprendida. ¿Se da cuenta de la paradoja que encierra su afirmación? Si la pobreza fuese realmente un “regalo”, entonces el esfuerzo institucional por erradicarla carecería de sentido. Bastaría con distribuirla. Convertirla en política pública. Democratizar ese supuesto beneficio. Pero no lo hacemos —y usted lo sabe— porque la pobreza no fortalece: limita y condiciona, en definitiva, reduce horizontes. Hay, además, un error de razonamiento que resulta particularmente inquietante en alguien que encabeza una cartera vinculada al conocimiento. Haber desarrollado resiliencia o disciplina a pesar de la pobreza, no convierte a la pobreza en una causa virtuosa. Confundir ambas cosas es caer en una trampa elemental: atribuirle al obstáculo el mérito del que logra superarlo. Es como elogiar la enfermedad por haber producido un sobreviviente. Pero quizá lo más delicado de su frase no es su debilidad lógica, sino su trasfondo moral. Porque en ella se percibe una forma sutil de autocelebración: una narrativa donde la biografía personal se eleva a categoría de ejemplo universal. Usted salió adelante, y eso es valioso. Pero de ahí a concluir que la condición que es en sí misma una limitante, fue en realidad, un “regalo”, es una conjetura que no resiste el menor análisis. Mientras usted resignifica su pasado, hay miles —millones— que no pueden hacerlo. Que no encuentran en la pobreza ni épica ni redención. Que no la recuerdan como un peldaño, sino como un peso. Y para ellos, escuchar a una ministra hablar de “regalos” en medio de la carencia no es inspirador, es, francamente, ofensivo. Señora ministra, el lenguaje importa. Y más aún cuando se ejerce desde el poder. No se trata de censurar su historia personal, sino de exigirle rigor al momento de interpretarla en público. Si su intención era destacar la resiliencia, bastaba con decirlo. Si quería subrayar el valor del esfuerzo, había caminos mucho más precisos. Pero elegir la pobreza como metáfora positiva no es valentía discursiva, es un descuido intelectual imperdonable. Porque, al final, lo que está en juego no es una frase aislada, sino la manera en que entendemos los problemas que decimos querer resolver. Y en eso, conviene ser precisos y categóricos: la pobreza no es un regalo. Es un problema. Y tratarla como lo primero es olvidar —o peor aún, ignorar— la urgencia de lo segundo. Atentamente, Un ciudadano que espera más rigor, y bastante más lucidez, de sus autoridades. Mis Columnas

CARTA ABIERTA A LA MINISTRA DE CIENCIA, TECNOLOGÍA CONOCIMIENTO E INNOVACIÓN. Ximena Lincolao. @Ximenatech Señora Ministra: Hay frases que, por su ligereza, se desvanecen en el aire. Y hay otras —como la suya— que, por su torpeza, merecen ser detenidas, observadas y, si es necesario, desarmadas pieza por pieza. Usted ha señalado que: “uno de los mejores regalos que recibió en su vida fue haber sido pobre”. Permítame decirle, con toda franqueza y respeto, que no es una frase inspiradora; es una afirmación profundamente equivocada y absolutamente errada. La pobreza no es un regalo. No lo ha sido nunca. No lo es en la literatura, ni en la estadística, ni en la experiencia concreta de millones de personas que no pueden darse el lujo de reinterpretarla como una metáfora edificante. La pobreza es carencia: de oportunidades, de acceso, de tiempo, de dignidad. Es restricción acumulativa, no una escuela de virtudes. Cuando una autoridad pública decide romantizarla, lo que hace no es dignificar la adversidad, sino trivializarla. Transforma una condición estructural que el Estado debe combatir en una suerte de anécdota formativa, casi pedagógica. Como si la escasez fuera un curso intensivo de carácter. Como si el hambre tuviera valor didáctico. Como si la precariedad fuese, en el fondo, una bendición mal comprendida. ¿Se da cuenta de la paradoja que encierra su afirmación? Si la pobreza fuese realmente un “regalo”, entonces el esfuerzo institucional por erradicarla carecería de sentido. Bastaría con distribuirla. Convertirla en política pública. Democratizar ese supuesto beneficio. Pero no lo hacemos —y usted lo sabe— porque la pobreza no fortalece: limita y condiciona, en definitiva, reduce horizontes. Hay, además, un error de razonamiento que resulta particularmente inquietante en alguien que encabeza una cartera vinculada al conocimiento. Haber desarrollado resiliencia o disciplina a pesar de la pobreza, no convierte a la pobreza en una causa virtuosa. Confundir ambas cosas es caer en una trampa elemental: atribuirle al obstáculo el mérito del que logra superarlo. Es como elogiar la enfermedad por haber producido un sobreviviente. Pero quizá lo más delicado de su frase no es su debilidad lógica, sino su trasfondo moral. Porque en ella se percibe una forma sutil de autocelebración: una narrativa donde la biografía personal se eleva a categoría de ejemplo universal. Usted salió adelante, y eso es valioso. Pero de ahí a concluir que la condición que es en sí misma una limitante, fue en realidad, un “regalo”, es una conjetura que no resiste el menor análisis. Mientras usted resignifica su pasado, hay miles —millones— que no pueden hacerlo. Que no encuentran en la pobreza ni épica ni redención. Que no la recuerdan como un peldaño, sino como un peso. Y para ellos, escuchar a una ministra hablar de “regalos” en medio de la carencia no es inspirador, es, francamente, ofensivo. Señora ministra, el lenguaje importa. Y más aún cuando se ejerce desde el poder. No se trata de censurar su historia personal, sino de exigirle rigor al momento de interpretarla en público. Si su intención era destacar la resiliencia, bastaba con decirlo. Si quería subrayar el valor del esfuerzo, había caminos mucho más precisos. Pero elegir la pobreza como metáfora positiva no es valentía discursiva, es un descuido intelectual imperdonable. Porque, al final, lo que está en juego no es una frase aislada, sino la manera en que entendemos los problemas que decimos querer resolver. Y en eso, conviene ser precisos y categóricos: la pobreza no es un regalo. Es un problema. Y tratarla como lo primero es olvidar —o peor aún, ignorar— la urgencia de lo segundo. Atentamente, Un ciudadano que espera más rigor, y bastante más lucidez, de sus autoridades. Mis Columnas

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¿Este tipo es periodista? Qué horror…el —Sacohuevismo— en televisión abierta se ha hecho una constante. Mega

¿Este tipo es periodista? Qué horror…el —Sacohuevismo— en televisión abierta se ha hecho una constante. Mega

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Vergüenza ajena…que cresta votaron. Argentina expaís. Encierren a ese weón…los va a destruir a todos.

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Nos quieren convencer que la pobreza, los recortes y la precariedad son una bendición. • Quiroz: Con menos recursos se hace más. • Lincolao: La bendición de haber sido pobre. • Carter: Un país más pobre pero más feliz. • Barchiesi: Los recortes afectarán a los hospitales pero no a los pacientes. “En tiempos de Inteligencia Artificial, esta gente se esmera en la Estupidez Natural”.

Nos quieren convencer que la pobreza, los recortes y la precariedad son una bendición. • Quiroz: Con menos recursos se hace más. • Lincolao: La bendición de haber sido pobre. • Carter: Un país más pobre pero más feliz. • Barchiesi: Los recortes afectarán a los hospitales pero no a los pacientes. “En tiempos de Inteligencia Artificial, esta gente se esmera en la Estupidez Natural”.

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CULTO AL MILLONARIO Cuando el poder deja de disimular para quién gobierna. “Estamos trabajando para usted…, pero sólo si usted pertenece al 1% más rico”. Vivimos en la era de la noticia desechable. Todo dura exactamente lo mismo que tarda en aparecer el siguiente escándalo. Un portonazo reemplaza una colusión, un terremoto sepulta una corrupción y una pelea farandulera eclipsa una declaración presidencial indecente. La indignación hoy tiene fecha de vencimiento y la memoria colectiva parece administrada por un algoritmo: olvidar rápido para seguir consumiendo más rápido. Ese mecanismo no es casual. Es la mejor defensa de quienes gobiernan entre privilegios y blindajes. Los corruptos y los obedientes del dinero saben perfectamente que el país amanece cada día con una nueva distracción. Confían en que la atención pública es una linterna nerviosa incapaz de quedarse quieta sobre una sola vergüenza demasiado tiempo. Por eso no debiera pasar inadvertida la frase pronunciada ayer por el presidente Kast. Una frase que mañana ya habrá sido desplazada por otro titular, pero cuya gravedad merece permanecer bajo observación. Dijo que había que agradecerle al país por aquellas familias millonarias que “han podido salir adelante”. —Agradecerles—. Como si la acumulación obscena de riqueza fuese una obra de caridad nacional y no el resultado histórico de privilegios y una relación obscenamente ventajosa con el Estado. No fue un desliz. Fue una brutal confesión. Porque cuando un presidente habla con reverencia de los multimillonarios, no está haciendo una reflexión económica: está definiendo una subordinación ideológica. Está dejando claro quién merece protección y un cariñoso cuidado institucional. El mensaje fue brutalmente transparente: al rico no se le incomoda, al rico no se le regula demasiado, al rico no se le toca. Y si es extremadamente rico, entonces incluso merece gratitud pública. La frase desnuda algo más profundo que una torpeza comunicacional. Revela genuflexión. Una inclinación servil frente al poder económico que ya ni siquiera intenta esconderse detrás del viejo relato meritocrático. Porque cuesta imaginar mayor obscenidad política que pedirles agradecimiento a quienes sobreviven con salarios mínimos hacia quienes concentran bancos, universidades, medios de comunicación, AFP, isapres y buena parte de la estructura productiva del país. Y entonces todo comienza a encajar. El llamado “Plan de reconstrucción” económica, empieza a parecer menos un proyecto para el país y más un servicio premium para los dueños de Chile. Rebaja de impuestos a grandes capitales. Subsidios a empresas que contraten trabajadores mientras más cerca del sueldo mínimo mejor. Reformulación de la ley de 40 horas y flexibilización de indemnizaciones por años de servicio. Es decir, alivio para arriba y precarización elegante para abajo. Qué admirable eficiencia: transformar derechos laborales en obstáculos, y privilegios empresariales en necesidades patrióticas. Después de semejante declaración presidencial, resulta difícil sostener siquiera la ficción de que este gobierno pretende gobernar para las mayorías. Más bien parece la administración de intereses de un grupo diminuto que posee prácticamente todo. Y claro, tampoco parece tan descabellado pensar que esas mismas fortunas fueron las que financiaron e impulsaron el camino hacia La Moneda. Los mecenas del modelo hoy pasan discretamente el platillo. Y el gobierno responde con entusiasmo litúrgico. Lo peligroso no es solo la frase. Lo peligroso es la naturalidad con la que fue dicha. Porque cuando el poder deja de ocultar para quién gobierna, es porque asume que ya no necesita convencer a nadie. Basta con administrar el ruido y esperar que mañana aparezca otra noticia para cubrir la anterior. Por eso conviene no olvidar. Porque mientras el país discute el próximo escándalo efímero y pasajero, hay confesiones que explican toda una estructura de poder. Y esta, fue una de ellas. Mis Columnas

CULTO AL MILLONARIO Cuando el poder deja de disimular para quién gobierna. “Estamos trabajando para usted…, pero sólo si usted pertenece al 1% más rico”. Vivimos en la era de la noticia desechable. Todo dura exactamente lo mismo que tarda en aparecer el siguiente escándalo. Un portonazo reemplaza una colusión, un terremoto sepulta una corrupción y una pelea farandulera eclipsa una declaración presidencial indecente. La indignación hoy tiene fecha de vencimiento y la memoria colectiva parece administrada por un algoritmo: olvidar rápido para seguir consumiendo más rápido. Ese mecanismo no es casual. Es la mejor defensa de quienes gobiernan entre privilegios y blindajes. Los corruptos y los obedientes del dinero saben perfectamente que el país amanece cada día con una nueva distracción. Confían en que la atención pública es una linterna nerviosa incapaz de quedarse quieta sobre una sola vergüenza demasiado tiempo. Por eso no debiera pasar inadvertida la frase pronunciada ayer por el presidente Kast. Una frase que mañana ya habrá sido desplazada por otro titular, pero cuya gravedad merece permanecer bajo observación. Dijo que había que agradecerle al país por aquellas familias millonarias que “han podido salir adelante”. —Agradecerles—. Como si la acumulación obscena de riqueza fuese una obra de caridad nacional y no el resultado histórico de privilegios y una relación obscenamente ventajosa con el Estado. No fue un desliz. Fue una brutal confesión. Porque cuando un presidente habla con reverencia de los multimillonarios, no está haciendo una reflexión económica: está definiendo una subordinación ideológica. Está dejando claro quién merece protección y un cariñoso cuidado institucional. El mensaje fue brutalmente transparente: al rico no se le incomoda, al rico no se le regula demasiado, al rico no se le toca. Y si es extremadamente rico, entonces incluso merece gratitud pública. La frase desnuda algo más profundo que una torpeza comunicacional. Revela genuflexión. Una inclinación servil frente al poder económico que ya ni siquiera intenta esconderse detrás del viejo relato meritocrático. Porque cuesta imaginar mayor obscenidad política que pedirles agradecimiento a quienes sobreviven con salarios mínimos hacia quienes concentran bancos, universidades, medios de comunicación, AFP, isapres y buena parte de la estructura productiva del país. Y entonces todo comienza a encajar. El llamado “Plan de reconstrucción” económica, empieza a parecer menos un proyecto para el país y más un servicio premium para los dueños de Chile. Rebaja de impuestos a grandes capitales. Subsidios a empresas que contraten trabajadores mientras más cerca del sueldo mínimo mejor. Reformulación de la ley de 40 horas y flexibilización de indemnizaciones por años de servicio. Es decir, alivio para arriba y precarización elegante para abajo. Qué admirable eficiencia: transformar derechos laborales en obstáculos, y privilegios empresariales en necesidades patrióticas. Después de semejante declaración presidencial, resulta difícil sostener siquiera la ficción de que este gobierno pretende gobernar para las mayorías. Más bien parece la administración de intereses de un grupo diminuto que posee prácticamente todo. Y claro, tampoco parece tan descabellado pensar que esas mismas fortunas fueron las que financiaron e impulsaron el camino hacia La Moneda. Los mecenas del modelo hoy pasan discretamente el platillo. Y el gobierno responde con entusiasmo litúrgico. Lo peligroso no es solo la frase. Lo peligroso es la naturalidad con la que fue dicha. Porque cuando el poder deja de ocultar para quién gobierna, es porque asume que ya no necesita convencer a nadie. Basta con administrar el ruido y esperar que mañana aparezca otra noticia para cubrir la anterior. Por eso conviene no olvidar. Porque mientras el país discute el próximo escándalo efímero y pasajero, hay confesiones que explican toda una estructura de poder. Y esta, fue una de ellas. Mis Columnas

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KAST Y SU METÁFORA Cuando la mentira necesita clases de literatura. En Ardiente Paciencia, la maravillosa novela de Antonio Skármeta llevada al cine como “IL Postino”, hay una escena tan simple como brillante: Mario Ruoppolo, un cartero humilde y entrañable, intenta comprender qué demonios es una metáfora. Escucha a Pablo Neruda hablar de poesía y queda fascinado con esa capacidad misteriosa de decir una cosa para expresar otra. El pobre Mario, hombre sencillo, confundido y sin demasiada formación, tarda en entender que la metáfora no es un engaño, sino una forma más bella de aproximarse a la verdad. Décadas después, en Chile, hemos asistido a una reinterpretación bastante más precaria de aquella lección literaria. El presidente José Antonio Kast decidió explicarle al país que su promesa de expulsar a 300 mil inmigrantes ilegales el 11 de marzo era, en realidad, una metáfora. Una figura literaria. Un recurso expresivo. Una licencia poética de campaña. Casi un homenaje involuntario a Neruda, aunque con menos poesía y más cinismo. La frase merece un lugar privilegiado en la historia universal del descaro político. Porque no estamos hablando de una expresión ambigua dicha al pasar. Kast hizo campaña con una cuenta regresiva diaria y obsesiva, diciéndoles a los inmigrantes que cada jornada era “un día menos” en Chile. No había metáfora alguna. Había un mensaje explícito, directo y calculado para provocar miedo, entusiasmo y aplausos. Pero ahora descubrimos que todo era simbólico. Figurativo. Alegórico. Una especie de performance lingüística que los ciudadanos, en su infinita torpeza, no supieron interpretar. La explicación presidencial tiene algo profundamente revelador: no intenta defender el incumplimiento; intenta ridiculizar a quienes creyeron en la promesa. La culpa no sería de quien mintió, sino de quienes fueron suficientemente ingenuos para pensar que hablaba en serio. Es una operación política elegante en su brutalidad: transformar la mentira en malentendido y la responsabilidad en exceso de credulidad ajena. Mario Ruoppolo no entendía las metáforas porque era un hombre simple. Kast parece no entenderlas por una razón mucho más inquietante: porque cree que cualquier falsedad puede convertirse retrospectivamente en recurso literario si se pronuncia con suficiente aplomo frente a una cámara. Una metáfora no consiste en decir “expulsaré 300 mil personas” para luego aclarar que nunca se quiso decir eso. Si así funcionara el lenguaje, los estafadores serían poetas y las campañas electorales concursos de surrealismo. Neruda utilizaba metáforas para ampliar el sentido de las cosas; ciertos políticos las usan para escapar de sus propias palabras. Y hay algo todavía más irónico en todo esto. Durante años, sectores de la derecha chilena acusaron a sus adversarios de relativismo, posverdad y manipulación lingüística. Venían a restaurar la seriedad, la honestidad brutal, el lenguaje directo. Nada de ambigüedades progresistas. Nada de dobles lecturas. Hasta que la realidad golpeó la puerta del Palacio de La Moneda y descubrimos que las promesas tampoco eran promesas: eran literatura experimental. Tal vez el presidente debería revisitar IL Postino. No por sensibilidad artística —virtud escasa en la política contemporánea— sino para entender algo elemental: las palabras importan. Sobre todo cuando quien las pronuncia aspira a gobernar un país. Porque cuando un candidato promete algo de manera explícita y luego sostiene que era una metáfora, no está demostrando sofisticación intelectual. Está confesando, sin vergüenza alguna, que jamás consideró obligatorio decir la verdad. Y quizá allí radique la tragedia moderna: Mario Ruoppolo confundía las metáforas con amorosa inocencia. En cambio, José Antonio Kast pretende confundir la mentira con metáfora, simplemente porque cree que la ciudadanía olvidará lo que escuchó, y si lo creyeron, es total y absolutamente problema de ellos. Mis Columnas

KAST Y SU METÁFORA Cuando la mentira necesita clases de literatura. En Ardiente Paciencia, la maravillosa novela de Antonio Skármeta llevada al cine como “IL Postino”, hay una escena tan simple como brillante: Mario Ruoppolo, un cartero humilde y entrañable, intenta comprender qué demonios es una metáfora. Escucha a Pablo Neruda hablar de poesía y queda fascinado con esa capacidad misteriosa de decir una cosa para expresar otra. El pobre Mario, hombre sencillo, confundido y sin demasiada formación, tarda en entender que la metáfora no es un engaño, sino una forma más bella de aproximarse a la verdad. Décadas después, en Chile, hemos asistido a una reinterpretación bastante más precaria de aquella lección literaria. El presidente José Antonio Kast decidió explicarle al país que su promesa de expulsar a 300 mil inmigrantes ilegales el 11 de marzo era, en realidad, una metáfora. Una figura literaria. Un recurso expresivo. Una licencia poética de campaña. Casi un homenaje involuntario a Neruda, aunque con menos poesía y más cinismo. La frase merece un lugar privilegiado en la historia universal del descaro político. Porque no estamos hablando de una expresión ambigua dicha al pasar. Kast hizo campaña con una cuenta regresiva diaria y obsesiva, diciéndoles a los inmigrantes que cada jornada era “un día menos” en Chile. No había metáfora alguna. Había un mensaje explícito, directo y calculado para provocar miedo, entusiasmo y aplausos. Pero ahora descubrimos que todo era simbólico. Figurativo. Alegórico. Una especie de performance lingüística que los ciudadanos, en su infinita torpeza, no supieron interpretar. La explicación presidencial tiene algo profundamente revelador: no intenta defender el incumplimiento; intenta ridiculizar a quienes creyeron en la promesa. La culpa no sería de quien mintió, sino de quienes fueron suficientemente ingenuos para pensar que hablaba en serio. Es una operación política elegante en su brutalidad: transformar la mentira en malentendido y la responsabilidad en exceso de credulidad ajena. Mario Ruoppolo no entendía las metáforas porque era un hombre simple. Kast parece no entenderlas por una razón mucho más inquietante: porque cree que cualquier falsedad puede convertirse retrospectivamente en recurso literario si se pronuncia con suficiente aplomo frente a una cámara. Una metáfora no consiste en decir “expulsaré 300 mil personas” para luego aclarar que nunca se quiso decir eso. Si así funcionara el lenguaje, los estafadores serían poetas y las campañas electorales concursos de surrealismo. Neruda utilizaba metáforas para ampliar el sentido de las cosas; ciertos políticos las usan para escapar de sus propias palabras. Y hay algo todavía más irónico en todo esto. Durante años, sectores de la derecha chilena acusaron a sus adversarios de relativismo, posverdad y manipulación lingüística. Venían a restaurar la seriedad, la honestidad brutal, el lenguaje directo. Nada de ambigüedades progresistas. Nada de dobles lecturas. Hasta que la realidad golpeó la puerta del Palacio de La Moneda y descubrimos que las promesas tampoco eran promesas: eran literatura experimental. Tal vez el presidente debería revisitar IL Postino. No por sensibilidad artística —virtud escasa en la política contemporánea— sino para entender algo elemental: las palabras importan. Sobre todo cuando quien las pronuncia aspira a gobernar un país. Porque cuando un candidato promete algo de manera explícita y luego sostiene que era una metáfora, no está demostrando sofisticación intelectual. Está confesando, sin vergüenza alguna, que jamás consideró obligatorio decir la verdad. Y quizá allí radique la tragedia moderna: Mario Ruoppolo confundía las metáforas con amorosa inocencia. En cambio, José Antonio Kast pretende confundir la mentira con metáfora, simplemente porque cree que la ciudadanía olvidará lo que escuchó, y si lo creyeron, es total y absolutamente problema de ellos. Mis Columnas

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LOS 10 SEGUNDOS. Quiero mis 10 segundos… Dónde están mis 10 segundos… Me ofreció 10 segundos… Ya po’h, quiero mis 10 segundos… ¡MIS 10 SEGUNDOS!!!!! Jajajjajaja…pobre weón. Edad mental: 3 años. #DebateAnatel2025

LOS 10 SEGUNDOS. Quiero mis 10 segundos… Dónde están mis 10 segundos… Me ofreció 10 segundos… Ya po’h, quiero mis 10 segundos… ¡MIS 10 SEGUNDOS!!!!! Jajajjajaja…pobre weón. Edad mental: 3 años. #DebateAnatel2025

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LA DECONSTRUCCIÓN DE UN VOCERO Análisis de la semántica de una frase mal construida. Hay frases torpes. Hay frases confusas, y luego existen frases como esta: “Los gobiernos que NO comunican lo que NO hacen, NO tienen buena receptividad ciudadana”. Construcciones donde el pensamiento parece tropezar consigo mismo. La declaración del vocero Claudio Alvarado, no es sólo un error comunicacional; es en sí misma, una demostración involuntaria de cómo el lenguaje puede destruir una idea y de paso dejar en evidencia la precariedad comunicacional de un gobierno. El problema central está en la doble negación incrustada en una estructura defectuosa. El hablante probablemente quiso decir: “Los gobiernos que no comunican lo que hacen no tienen buena receptividad ciudadana”. Esa formulación sería simple y coherente: si un gobierno no comunica sus acciones, la ciudadanía no percibe positivamente su gestión. Pero al introducir “lo que NO hacen”, la oración cambia completamente de significado. Literalmente, termina afirmando que los gobiernos deben comunicar aquello que no realizan. Es decir, la ausencia de acción. El vacío convertido en objeto comunicacional. La frase cae entonces en una contradicción pragmática: comunicar lo que no se hace equivale a informar omisiones o inexistencias. Parece sugerir que el problema de los gobiernos no es ocultar sus logros, sino no difundir suficientemente sus inacciones. Desde la psicología cognitiva, el problema es todavía más evidente. El cerebro humano procesa con dificultad las dobles negaciones porque obligan a realizar operaciones mentales adicionales. El oyente debe negar una acción y luego reinterpretar toda la estructura para reconstruir el sentido probable. Eso genera fatiga cognitiva y aumenta el riesgo de confusión. En comunicación política, aquello es letal. Un vocero no sólo transmite información: debe transmitir claridad, orden mental y seguridad conceptual. Cuando alguien emite una frase sintácticamente caótica, el receptor percibe vacilación intelectual. Desde la retórica clásica, la frase fracasa en los tres pilares aristotélicos. Ethos: deteriora la credibilidad del hablante. Logos: destruye la coherencia argumentativa mediante una estructura contradictoria. Pathos: provoca desconcierto o burla, exactamente lo contrario del efecto persuasivo buscado. Desde la lógica filosófica, la frase incurre en una inversión del objeto discursivo. Normalmente, el lenguaje político comunica hechos y acciones. Aquí, el objeto de comunicación pasa a ser la inexistencia del acto. El “no hacer” adquiere entidad política. Desde la lógica formal, la estructura puede representarse así: ¬C(¬H) Donde: C = comunicar H = hacer Es decir: “No comunicar aquello que no se hace”. El resultado semántico indirecto implica que sí debería comunicarse lo no realizado, algo absurdo como principio comunicacional. En lógica booleana, la doble negación produce una cancelación parcial de sentido. El receptor termina corrigiendo mentalmente la frase para entender qué quiso decir realmente el emisor. El público trabaja reconstruyendo la oración que el vocero no supo construir. Desde el análisis discursivo, el episodio revela algo más profundo: el deterioro del lenguaje político contemporáneo. Muchos voceros hablan en tiempo real sin procesar cognitivamente la arquitectura de sus propias frases. La velocidad mediática reemplaza a la precisión conceptual. El resultado, son declaraciones que intentan sonar sofisticadas, pero colapsan bajo el peso de su propia sintaxis. Y allí aparece la dimensión más simbólica del problema. Un vocero representa la voz ordenadora del gobierno. Su función es traducir complejidades en mensajes claros. Cuando ocurre exactamente lo contrario, el lenguaje deja de ser instrumento de comunicación y se convierte en evidencia pública de improvisación intelectual. No es solo una frase mal dicha. Es una pequeña radiografía del desorden conceptual de un gobierno. Mis Columnas

LA DECONSTRUCCIÓN DE UN VOCERO Análisis de la semántica de una frase mal construida. Hay frases torpes. Hay frases confusas, y luego existen frases como esta: “Los gobiernos que NO comunican lo que NO hacen, NO tienen buena receptividad ciudadana”. Construcciones donde el pensamiento parece tropezar consigo mismo. La declaración del vocero Claudio Alvarado, no es sólo un error comunicacional; es en sí misma, una demostración involuntaria de cómo el lenguaje puede destruir una idea y de paso dejar en evidencia la precariedad comunicacional de un gobierno. El problema central está en la doble negación incrustada en una estructura defectuosa. El hablante probablemente quiso decir: “Los gobiernos que no comunican lo que hacen no tienen buena receptividad ciudadana”. Esa formulación sería simple y coherente: si un gobierno no comunica sus acciones, la ciudadanía no percibe positivamente su gestión. Pero al introducir “lo que NO hacen”, la oración cambia completamente de significado. Literalmente, termina afirmando que los gobiernos deben comunicar aquello que no realizan. Es decir, la ausencia de acción. El vacío convertido en objeto comunicacional. La frase cae entonces en una contradicción pragmática: comunicar lo que no se hace equivale a informar omisiones o inexistencias. Parece sugerir que el problema de los gobiernos no es ocultar sus logros, sino no difundir suficientemente sus inacciones. Desde la psicología cognitiva, el problema es todavía más evidente. El cerebro humano procesa con dificultad las dobles negaciones porque obligan a realizar operaciones mentales adicionales. El oyente debe negar una acción y luego reinterpretar toda la estructura para reconstruir el sentido probable. Eso genera fatiga cognitiva y aumenta el riesgo de confusión. En comunicación política, aquello es letal. Un vocero no sólo transmite información: debe transmitir claridad, orden mental y seguridad conceptual. Cuando alguien emite una frase sintácticamente caótica, el receptor percibe vacilación intelectual. Desde la retórica clásica, la frase fracasa en los tres pilares aristotélicos. Ethos: deteriora la credibilidad del hablante. Logos: destruye la coherencia argumentativa mediante una estructura contradictoria. Pathos: provoca desconcierto o burla, exactamente lo contrario del efecto persuasivo buscado. Desde la lógica filosófica, la frase incurre en una inversión del objeto discursivo. Normalmente, el lenguaje político comunica hechos y acciones. Aquí, el objeto de comunicación pasa a ser la inexistencia del acto. El “no hacer” adquiere entidad política. Desde la lógica formal, la estructura puede representarse así: ¬C(¬H) Donde: C = comunicar H = hacer Es decir: “No comunicar aquello que no se hace”. El resultado semántico indirecto implica que sí debería comunicarse lo no realizado, algo absurdo como principio comunicacional. En lógica booleana, la doble negación produce una cancelación parcial de sentido. El receptor termina corrigiendo mentalmente la frase para entender qué quiso decir realmente el emisor. El público trabaja reconstruyendo la oración que el vocero no supo construir. Desde el análisis discursivo, el episodio revela algo más profundo: el deterioro del lenguaje político contemporáneo. Muchos voceros hablan en tiempo real sin procesar cognitivamente la arquitectura de sus propias frases. La velocidad mediática reemplaza a la precisión conceptual. El resultado, son declaraciones que intentan sonar sofisticadas, pero colapsan bajo el peso de su propia sintaxis. Y allí aparece la dimensión más simbólica del problema. Un vocero representa la voz ordenadora del gobierno. Su función es traducir complejidades en mensajes claros. Cuando ocurre exactamente lo contrario, el lenguaje deja de ser instrumento de comunicación y se convierte en evidencia pública de improvisación intelectual. No es solo una frase mal dicha. Es una pequeña radiografía del desorden conceptual de un gobierno. Mis Columnas

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LA ARGENTINA DE ORWELL A partir de ahora, el Gobierno argentino tiene su propio ministerio de la Verdad, creado para su propio gran hermano, su flamante presidente. Una cortina de humo para tapar la entrega de soberanía, para ocultar la debacle del sector productivo, para no hablar del cierre de empresas, en definitiva, para evadir la realidad. Otra imitación de Milei a Trump, la Casa Rosada usará las redes para criticar a periodistas, políticos y desacreditar la información que circule cuando esta les sea desfavorable. Un símil de la cuenta que el gobierno de la Casa Blanca ha impulsado por la red X, exTwitter, la cuenta Rapid Response 47. La reciente renuncia del director del INDEC por discrepancias sobre la inflación del último mes, llevó al gobierno de Milei a crear un estamento que filtre y comunique lo que se quiere y no lo que se debe. Al final las cifras oficiales deben ser entregadas por el oficialismo, pues pensar que dichos guarismos puedan ser garantes de sinceridad es un deseo anacrónico e ilusorio en la Argentina de hoy. A partir de ahora, toda cifra, todo indicador será producto de un relato del mismo gobierno, sin organismos técnicos de por medio, pues, ¿quién necesita de tecnicismos para calcular y comunicar lo que conviene por sobre la realidad? Con todo lo anterior, es imposible no evocar la novela “1984”., de George Orwell y su ministerio de la Verdad. Pero, ¿qué era y que hacía dicho ministerio en la novela distópica de Orwell? ¿Qué hace el Ministerio de la Verdad? El Ministerio de la Verdad modifica la información histórica para satisfacer las necesidades del Gran Hermano. También genera propaganda y medios culturales. ¿Cuál es el trabajo principal del Ministerio de la Verdad? La principal función del Ministerio de la Verdad es mantener la omnipotencia del Gran Hermano y la obediencia de los civiles. Lo logra creando propaganda y alterando la historia. ¿Qué frase utiliza el Ministerio de la Verdad? El Ministerio de la Verdad tiene tres lemas: «La guerra es paz», «La libertad es esclavitud» y «La ignorancia es fuerza». Estas tres líneas están escritas en el exterior del edificio. ¿En qué se basaba el ministerio de la verdad? El Ministerio de la Verdad se basa en el Ministerio de Información, un ministerio británico durante la Segunda Guerra Mundial que creaba propaganda y censuraba detalles bélicos. Orwell trabajó en el Ministerio de Información durante algunos años. 1984 es una novela distópica clásica —una novela que describe una sociedad con gran sufrimiento— escrita por George Orwell y publicada en 1949, pocos años después del fin de la Segunda Guerra Mundial. Se publicó en pleno apogeo de la Guerra Fría, y la gente se sintió atraída por un libro que abordaba temas como el control gubernamental y el doble pensamiento. Cualquier similitud con la Argentina de Milei, por supuesto, no es casualidad. Mis Columnas

LA ARGENTINA DE ORWELL A partir de ahora, el Gobierno argentino tiene su propio ministerio de la Verdad, creado para su propio gran hermano, su flamante presidente. Una cortina de humo para tapar la entrega de soberanía, para ocultar la debacle del sector productivo, para no hablar del cierre de empresas, en definitiva, para evadir la realidad. Otra imitación de Milei a Trump, la Casa Rosada usará las redes para criticar a periodistas, políticos y desacreditar la información que circule cuando esta les sea desfavorable. Un símil de la cuenta que el gobierno de la Casa Blanca ha impulsado por la red X, exTwitter, la cuenta Rapid Response 47. La reciente renuncia del director del INDEC por discrepancias sobre la inflación del último mes, llevó al gobierno de Milei a crear un estamento que filtre y comunique lo que se quiere y no lo que se debe. Al final las cifras oficiales deben ser entregadas por el oficialismo, pues pensar que dichos guarismos puedan ser garantes de sinceridad es un deseo anacrónico e ilusorio en la Argentina de hoy. A partir de ahora, toda cifra, todo indicador será producto de un relato del mismo gobierno, sin organismos técnicos de por medio, pues, ¿quién necesita de tecnicismos para calcular y comunicar lo que conviene por sobre la realidad? Con todo lo anterior, es imposible no evocar la novela “1984”., de George Orwell y su ministerio de la Verdad. Pero, ¿qué era y que hacía dicho ministerio en la novela distópica de Orwell? ¿Qué hace el Ministerio de la Verdad? El Ministerio de la Verdad modifica la información histórica para satisfacer las necesidades del Gran Hermano. También genera propaganda y medios culturales. ¿Cuál es el trabajo principal del Ministerio de la Verdad? La principal función del Ministerio de la Verdad es mantener la omnipotencia del Gran Hermano y la obediencia de los civiles. Lo logra creando propaganda y alterando la historia. ¿Qué frase utiliza el Ministerio de la Verdad? El Ministerio de la Verdad tiene tres lemas: «La guerra es paz», «La libertad es esclavitud» y «La ignorancia es fuerza». Estas tres líneas están escritas en el exterior del edificio. ¿En qué se basaba el ministerio de la verdad? El Ministerio de la Verdad se basa en el Ministerio de Información, un ministerio británico durante la Segunda Guerra Mundial que creaba propaganda y censuraba detalles bélicos. Orwell trabajó en el Ministerio de Información durante algunos años. 1984 es una novela distópica clásica —una novela que describe una sociedad con gran sufrimiento— escrita por George Orwell y publicada en 1949, pocos años después del fin de la Segunda Guerra Mundial. Se publicó en pleno apogeo de la Guerra Fría, y la gente se sintió atraída por un libro que abordaba temas como el control gubernamental y el doble pensamiento. Cualquier similitud con la Argentina de Milei, por supuesto, no es casualidad. Mis Columnas

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CARTA AL DIPUTADO MEZA. Honorable Diputado José Carlos Meza 👍🇨🇱 Presente. Estimado señor Meza: Permítame, ante todo, felicitarlo. No todos los días uno tiene el privilegio de presenciar una interpretación actoral tan sentida, tan vehemente y tan alejada de la realidad como la que usted nos brindó ayer en el hemiciclo. ¡Qué entrega!, ¡Qué drama! Ni en los mejores capítulos de Verdades Ocultas vimos a alguien reaccionar con tanto espanto ante un toque en el hombro. Lo suyo, señor diputado, fue un verdadero testimonio de cómo convertir un gesto trivial en una epopeya de victimización. Que haya confundido una palmada en el hombro con un zamarreo digno de Hulk, sólo puede explicarse por dos razones: o usted tiene una sensibilidad táctil superior a la del común de los mortales, o está incursionando en el arte de la hipérbole política con aspiraciones a un premio Altazor. Lo más admirable, sin duda, fue su capacidad para sostener la ficción pese a las múltiples cámaras, testigos y evidencias que mostraban otra realidad. Eso requiere convicción. O desvergüenza. Quizás ambas. Sus colegas republicanos también se lucieron. Actuaron con una solidaridad casi conmovedora, abrazando su exageración con una fe digna de cruzada. Nada une más que una mentira compartida, ¿verdad? Lástima que el país entero los viera actuar como si una mosca les hubiera atacado con una motosierra. Señor Meza, lo invito cordialmente a relajarse. La política ya es lo suficientemente absurda como para agregarle sobreactuaciones dignas de telenovela venezolana. Si va a inventar agresiones, al menos procure que no haya cámaras desde todos los ángulos posibles. O, en su defecto, actúe mejor. Quedar de idiota y cobarde gratuitamente es un mal camino. Con admiración por su capacidad de transformar lo insignificante en escándalo nacional, Atentamente, Un ciudadano perplejo, pero bien entretenido, y por cierto, agradecido de su mediocre histrionismo, que supera con creces su propia gestión parlamentaria.

CARTA AL DIPUTADO MEZA. Honorable Diputado José Carlos Meza 👍🇨🇱 Presente. Estimado señor Meza: Permítame, ante todo, felicitarlo. No todos los días uno tiene el privilegio de presenciar una interpretación actoral tan sentida, tan vehemente y tan alejada de la realidad como la que usted nos brindó ayer en el hemiciclo. ¡Qué entrega!, ¡Qué drama! Ni en los mejores capítulos de Verdades Ocultas vimos a alguien reaccionar con tanto espanto ante un toque en el hombro. Lo suyo, señor diputado, fue un verdadero testimonio de cómo convertir un gesto trivial en una epopeya de victimización. Que haya confundido una palmada en el hombro con un zamarreo digno de Hulk, sólo puede explicarse por dos razones: o usted tiene una sensibilidad táctil superior a la del común de los mortales, o está incursionando en el arte de la hipérbole política con aspiraciones a un premio Altazor. Lo más admirable, sin duda, fue su capacidad para sostener la ficción pese a las múltiples cámaras, testigos y evidencias que mostraban otra realidad. Eso requiere convicción. O desvergüenza. Quizás ambas. Sus colegas republicanos también se lucieron. Actuaron con una solidaridad casi conmovedora, abrazando su exageración con una fe digna de cruzada. Nada une más que una mentira compartida, ¿verdad? Lástima que el país entero los viera actuar como si una mosca les hubiera atacado con una motosierra. Señor Meza, lo invito cordialmente a relajarse. La política ya es lo suficientemente absurda como para agregarle sobreactuaciones dignas de telenovela venezolana. Si va a inventar agresiones, al menos procure que no haya cámaras desde todos los ángulos posibles. O, en su defecto, actúe mejor. Quedar de idiota y cobarde gratuitamente es un mal camino. Con admiración por su capacidad de transformar lo insignificante en escándalo nacional, Atentamente, Un ciudadano perplejo, pero bien entretenido, y por cierto, agradecido de su mediocre histrionismo, que supera con creces su propia gestión parlamentaria.

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CARTA ABIERTA AL DIPUTADO Jorge Alessandri. Diputado Alessandri Señor Alessandri, Honorable diputado. Hay momentos en política en que una palabra revela más que un discurso entero. Usted logró uno de esos momentos. No fue un programa, ni un documento, ni siquiera una idea elaborada. Fue apenas un verbo. Pero qué verbo. “Lamer”. Con admirable franqueza —esa que a veces traiciona lo que otros prefieren disimular— usted explicó ante las cámaras de CNN Chile, que el presidente electo debía viajar a Estados Unidos a “lamer” las heridas que el gobierno saliente habría provocado en la relación con Donald Trump. Hay que reconocerle algo, diputado: su sinceridad. Porque en un país donde la diplomacia suele maquillarse con eufemismos como: recomponer relaciones, fortalecer vínculos, restablecer confianzas, usted optó por la crudeza semántica. No curar, no reparar, no dialogar. Simplemente, Lamer. El problema no es sólo el verbo. Es la escena que evoca. Porque las heridas se curan. Se limpian. Se vendan. Pero lamerlas introduce una imagen mucho más antigua y menos digna: la del vasallo medieval inclinado frente al señor feudal esperando su benevolencia. Quizás sin querer, usted ofreció una síntesis involuntaria de cierta tradición política: la de quienes hablan de soberanía con voz firme hacia adentro, pero descubren una flexibilidad casi acrobática cuando el poder verdadero habla inglés. No es un fenómeno nuevo. Basta observar el pequeño círculo de líderes que orbitan con vil entusiasmo alrededor de Trump: el argentino Javier Milei, el salvadoreño Nayib Bukele entre varios, y, según parece, ahora nuestro compatriota, el chileno José Antonio Kast. Una curiosa fraternidad política donde la admiración suele expresarse con más entusiasmo que la autonomía. Pero lo verdaderamente notable de su declaración honorable diputado, es que usted no intentó disimular nada. Al contrario, lo dijo con la naturalidad y destemplanza de quien describe una diligencia administrativa. Como si fuera perfectamente razonable que un país viaje a rendir pleitesía al poder de turno. Tal vez por eso sus palabras provocaron algo más que incomodidad: provocaron vergüenza. No tanto por la torpeza verbal —los deslices ocurren— sino por lo que revelan sobre cierta concepción del poder. Una donde la política exterior no consiste en representar con dignidad a un país, sino en asegurarse de que el amo esté satisfecho. Permítame entonces una sugerencia, diputado. Hace casi cinco siglos, el poeta español Alonso de Ercilla escribió La Araucana, esa gran epopeya que relató la guerra entre los conquistadores y los pueblos mapuches, exaltando el coraje de líderes como Lautaro y Caupolicán. En uno de sus versos más célebres describía así a esta tierra: “Chile, fértil provincia, y señalada en la región antártica famosa, de remotas naciones respetada por fuerte, principal y poderosa; la gente que produce es tan granada, tan soberbia, gallarda y belicosa, que no ha sido por rey jamás regida ni a extranjero dominio sometida.” Tal vez sería útil releer ese verso antes de volver a explicar cómo debe conducirse un país frente a una potencia extranjera. Porque, si algo enseñaba aquella epopeya, es que este territorio —al menos en el imaginario que nos formó— no se distinguía precisamente por su vocación de vasallaje. En cualquier caso, diputado, le agradecemos la lección involuntaria. Pocas veces una palabra ha descrito con tanta precisión una mentalidad política y la filosofía de un sector. La próxima vez que alguien pregunte cómo ciertas ideologías entienden la relación con el poder mundial, bastará recordar su intervención televisiva. Usted ya lo explicó con admirable claridad. “Lamer”. Atte., RX. Mis Columnas

CARTA ABIERTA AL DIPUTADO Jorge Alessandri. Diputado Alessandri Señor Alessandri, Honorable diputado. Hay momentos en política en que una palabra revela más que un discurso entero. Usted logró uno de esos momentos. No fue un programa, ni un documento, ni siquiera una idea elaborada. Fue apenas un verbo. Pero qué verbo. “Lamer”. Con admirable franqueza —esa que a veces traiciona lo que otros prefieren disimular— usted explicó ante las cámaras de CNN Chile, que el presidente electo debía viajar a Estados Unidos a “lamer” las heridas que el gobierno saliente habría provocado en la relación con Donald Trump. Hay que reconocerle algo, diputado: su sinceridad. Porque en un país donde la diplomacia suele maquillarse con eufemismos como: recomponer relaciones, fortalecer vínculos, restablecer confianzas, usted optó por la crudeza semántica. No curar, no reparar, no dialogar. Simplemente, Lamer. El problema no es sólo el verbo. Es la escena que evoca. Porque las heridas se curan. Se limpian. Se vendan. Pero lamerlas introduce una imagen mucho más antigua y menos digna: la del vasallo medieval inclinado frente al señor feudal esperando su benevolencia. Quizás sin querer, usted ofreció una síntesis involuntaria de cierta tradición política: la de quienes hablan de soberanía con voz firme hacia adentro, pero descubren una flexibilidad casi acrobática cuando el poder verdadero habla inglés. No es un fenómeno nuevo. Basta observar el pequeño círculo de líderes que orbitan con vil entusiasmo alrededor de Trump: el argentino Javier Milei, el salvadoreño Nayib Bukele entre varios, y, según parece, ahora nuestro compatriota, el chileno José Antonio Kast. Una curiosa fraternidad política donde la admiración suele expresarse con más entusiasmo que la autonomía. Pero lo verdaderamente notable de su declaración honorable diputado, es que usted no intentó disimular nada. Al contrario, lo dijo con la naturalidad y destemplanza de quien describe una diligencia administrativa. Como si fuera perfectamente razonable que un país viaje a rendir pleitesía al poder de turno. Tal vez por eso sus palabras provocaron algo más que incomodidad: provocaron vergüenza. No tanto por la torpeza verbal —los deslices ocurren— sino por lo que revelan sobre cierta concepción del poder. Una donde la política exterior no consiste en representar con dignidad a un país, sino en asegurarse de que el amo esté satisfecho. Permítame entonces una sugerencia, diputado. Hace casi cinco siglos, el poeta español Alonso de Ercilla escribió La Araucana, esa gran epopeya que relató la guerra entre los conquistadores y los pueblos mapuches, exaltando el coraje de líderes como Lautaro y Caupolicán. En uno de sus versos más célebres describía así a esta tierra: “Chile, fértil provincia, y señalada en la región antártica famosa, de remotas naciones respetada por fuerte, principal y poderosa; la gente que produce es tan granada, tan soberbia, gallarda y belicosa, que no ha sido por rey jamás regida ni a extranjero dominio sometida.” Tal vez sería útil releer ese verso antes de volver a explicar cómo debe conducirse un país frente a una potencia extranjera. Porque, si algo enseñaba aquella epopeya, es que este territorio —al menos en el imaginario que nos formó— no se distinguía precisamente por su vocación de vasallaje. En cualquier caso, diputado, le agradecemos la lección involuntaria. Pocas veces una palabra ha descrito con tanta precisión una mentalidad política y la filosofía de un sector. La próxima vez que alguien pregunte cómo ciertas ideologías entienden la relación con el poder mundial, bastará recordar su intervención televisiva. Usted ya lo explicó con admirable claridad. “Lamer”. Atte., RX. Mis Columnas

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ECONOCHANTA. Según el “Economista asesor de Kaiser”, 106 personas con sueldos entre 2 y 3 millones, ganan al año 2.200 millones de dólares. No sé qué es más vergonzoso, si la ignorancia del pseudo economista o el periodista que no es capaz de parar tamaña idiotez. Es una verdadera vergüenza. Esta gente pretende llegar a La Moneda. Por suerte no tienen ninguna opción. Si ganaran 3 millones, el costo anual de todos estaría por debajo de los 4 millones de dólares. Se equivocó en nada menos que en 2.196 millones de dólares. Un error del 54.900% ¿Se imaginan a esta gente en la cartera de economía?

ECONOCHANTA. Según el “Economista asesor de Kaiser”, 106 personas con sueldos entre 2 y 3 millones, ganan al año 2.200 millones de dólares. No sé qué es más vergonzoso, si la ignorancia del pseudo economista o el periodista que no es capaz de parar tamaña idiotez. Es una verdadera vergüenza. Esta gente pretende llegar a La Moneda. Por suerte no tienen ninguna opción. Si ganaran 3 millones, el costo anual de todos estaría por debajo de los 4 millones de dólares. Se equivocó en nada menos que en 2.196 millones de dólares. Un error del 54.900% ¿Se imaginan a esta gente en la cartera de economía?

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“LA MÁS PRINCIPAL” Diputada Camila Flores Oporto 🇨🇱 en la lengua española, no se dice "la mas principal" porque "principal" ya es un superlativo y no se puede intensificar aún más con "más". "Principal" significa "de primera importancia" o "que destaca por encima de otras cosas", y usar "más" antes de un superlativo es redundante y gramaticalmente incorrecto. Se debe usar simplemente "principal" o expresiones como "la más importante" o "la más destacada" si se desea enfatizar, pero jamás “la más principal”. Como diputada de la República y supuestamente abogada, usted debería saberlo.

“LA MÁS PRINCIPAL” Diputada Camila Flores Oporto 🇨🇱 en la lengua española, no se dice "la mas principal" porque "principal" ya es un superlativo y no se puede intensificar aún más con "más". "Principal" significa "de primera importancia" o "que destaca por encima de otras cosas", y usar "más" antes de un superlativo es redundante y gramaticalmente incorrecto. Se debe usar simplemente "principal" o expresiones como "la más importante" o "la más destacada" si se desea enfatizar, pero jamás “la más principal”. Como diputada de la República y supuestamente abogada, usted debería saberlo.

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CARTA ABIERTA A LA DIPUTADA XIMENA OSSANDÓN Diputada: Ximena Ossandón En política existen errores graves, errores imperdonables y, finalmente, aquellos que revelan una manera de entender el cargo. Su reciente confesión en CNN Chile, donde reconoció haber apoyado y votado un proyecto de ley que nunca leyó, pertenece a esta última categoría. No fue un lapsus. No fue una confusión. Fue una declaración espontánea de una forma de ejercer la representación parlamentaria. Miles de ciudadanos le entregaron su voto para que estudiara, analizara y decidiera sobre las leyes que rigen la vida de millones de chilenos. No la eligieron para firmar documentos como quien acepta los términos y condiciones de una aplicación sin leer una sola línea. Porque eso es exactamente lo que usted reconoció haber hecho. Y no se trataba de un proyecto cualquiera. Era una iniciativa impulsada por el diputado Cristóbal Urruticoechea que pretendía imponer, a mujeres que ya enfrentan el dramático escenario de un aborto permitido por las tres causales legales, la obligación de escuchar previamente los latidos del feto. Una propuesta ampliamente cuestionada por médicos, juristas y organizaciones de derechos humanos por añadir sufrimiento psicológico a mujeres que ya viven una tragedia. Un proyecto cuya dimensión ética exigía precisamente lo contrario de la improvisación: exigía lectura, estudio, reflexión y convicción. Sin embargo, usted estampó su respaldo sin conocer su contenido. Y sólo cuando la crítica pública hizo evidente la magnitud del error decidió retirar su firma, reconociendo que jamás había leído aquello que apoyó. Resulta difícil imaginar una confesión más preocupante para quien ejerce funciones legislativas. Porque si un parlamentario puede votar sin leer, entonces la deliberación democrática deja de ser un ejercicio intelectual para transformarse en una simple rutina administrativa. No legisla la conciencia. Legisla la inercia. Hace algunos años, siendo vicepresidenta de la JUNJI, usted calificó un sueldo cercano a cuatro millones de pesos mensuales como “bastante reguleque”. La frase quedó grabada en la memoria colectiva porque revelaba una desconexión evidente con la realidad de millones de chilenos. Hoy la historia parece regalarle una curiosa ironía. Su remuneración parlamentaria supera los ocho millones de pesos mensuales, acompañada de asignaciones que bordean los dieciséis millones adicionales destinados al ejercicio de su función. Es decir, el país financia generosamente el trabajo legislativo esperando rigor, responsabilidad y dedicación. Lo mínimo que un ciudadano podría esperar es que ese trabajo incluya leer los proyectos antes de apoyarlos. No parece una exigencia desproporcionada. De hecho, constituye la descripción básica del cargo. Porque las leyes no son formularios. No son invitaciones. No son cartas de saludo. Cada firma parlamentaria tiene consecuencias concretas sobre la vida de las personas. Por eso su explicación no tranquiliza. La agrava. No basta con retirar una firma después del escándalo. El daño ya está hecho, porque quedó instalada una duda infinitamente más profunda: ¿cuántos otros proyectos fueron respaldados con el mismo nivel de atención? La democracia funciona sobre una premisa elemental: los representantes deben actuar con mayor diligencia que los representados. No con menos. Los ciudadanos pueden equivocarse al votar una vez cada cuatro años. Los parlamentarios tienen la obligación de no equivocarse cada vez que votan. Quizás, diputada, hoy ya no corresponda hablar de un sueldo “reguleque”. Porque el problema nunca fue la remuneración. El problema aparece cuando el nivel de responsabilidad resulta muy inferior al privilegio de representar a un país. Y en ese aspecto, lamentablemente, lo verdaderamente reguleque no ha sido el sueldo. Ha sido el estándar con que usted decidió ejercer una de las responsabilidades más importantes que puede otorgar la democracia. Mis Columnas

ReneX

29,926 görüntüleme • 4 gün önce

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Pase y escuche, indignación gratis.

ReneX

23,832 görüntüleme • 20 gün önce

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GRACIAS POR SU SERVICIO… AHORA RETÍRESE SIN MOLESTAR Hay una sinceridad brutal en ciertos lapsus del poder. Un momento en que el maquillaje tecnocrático se corre, el PowerPoint se cae al suelo y aparece, desnuda, la verdadera concepción que algunos tienen de las personas. Esto ocurrió cuando el economista David Bravo, al explicar los costos de despido desde la mirada empresarial, terminó diciendo que “cada persona es un cacho”. Y aunque después llegaron las explicaciones y los “no quise decir eso”, la frase ya había cumplido su función: revelar lo que muchos piensan cuando creen que nadie los escucha. En la liturgia empresarial contemporánea el trabajador es celebrado mientras produce. Ahí sí aparecen las campañas motivacionales, los discursos sobre “capital humano”, las fotos sonrientes en redes y las charlas sobre liderazgo empático con coffee break incluido. El trabajador es “parte de la familia”, “el motor de la empresa”, “el corazón de la organización”. Hasta que envejece, se enferma, exige derechos o simplemente deja de ser rentable. En ese instante, se transforma en pasivo laboral. La familia pasa a ser un costo. Y el trabajador, un cacho. La paradoja es grotesca. Los sectores que se llenan la boca hablando de mérito, esfuerzo y cultura del trabajo, son capaces de reducir una persona a una molestia contable cuando llega el momento de despedirla. Como si el trabajador fuera un insumo desechable. Como si detrás de cada contrato no hubiera una vida completa: hijos, deudas, sueños, enfermedades, estudios y décadas de esfuerzo levantando precisamente las utilidades que hoy permiten a algunos dar entrevistas sobre “flexibilización”. Resulta fascinante escuchar a economistas hablar del empleo con la misma sensibilidad emocional con que un frigorífico explica la temperatura del hielo. Hablan de personas como piezas intercambiables de LEGO. Si pudieran, medirían el alma en indicadores trimestrales y pondrían a licitación la dignidad humana para mejorar la productividad. Y después preguntan por qué existe desconfianza hacia las élites empresariales. El problema no es solamente una frase desafortunada. Es la concepción del mundo. Una donde el trabajador vale mientras sirve y sobra cuando reclama. Una lógica utilitaria donde los derechos laborales aparecen como obstáculos contra la eficiencia, y no como conquistas civilizatorias construidas tras décadas de abusos y desigualdad. Porque conviene recordar algo elemental: el trabajo no es únicamente una variable económica. Es identidad, integración social, estabilidad familiar y dignidad humana. El empleo sostiene barrios completos, financia estudios, cuida adultos mayores y permite construir comunidad. Detrás de cada sueldo hay familias enteras dependiendo de ese ingreso. Reducir todo a un “cacho” no es tecnocracia; es deshumanización con corbata y lenguaje académico. Y hay algo todavía más irónico: muchos de quienes hoy consideran un estorbo indemnizar trabajadores son exactamente quienes construyeron fortunas gracias a esos mismos trabajadores. Ningún empresario levanta una empresa solo. La riqueza la producen miles de personas levantándose temprano, viajando horas, soportando estrés y sosteniendo el funcionamiento cotidiano del país. Pero cuando llega la hora de repartir dignidad, algunos prefieren quedarse únicamente con las utilidades. Quizás el verdadero “cacho” para ciertos sectores no sean los trabajadores, sino la idea misma de que las personas tengan derechos. Que exista legislación laboral. Que la sociedad todavía conserve la peligrosa costumbre de considerar a los seres humanos más importantes que los balances trimestrales. Lo más ofensivo de todo esto, es lo que se transmite a quienes hoy estudian y sueñan con aportar al país. Se les dice, en el fondo, que su valor humano depende exclusivamente de su rentabilidad. Que mientras produzcan serán celebrados, pero que cuando dejen de servir pasarán a ser un problema administrativo. Una carga. Un cacho. Mis Columnas

ReneX

17,430 görüntüleme • 16 gün önce

Eneatipo7's profile picture

MARA SEDINI Una ministra de muy pocas palabras. “…Persona Condenada…” “…Cumpla Condena…” “…Tenemos que Condenar…” “…Para que el Condenado….” “…Cumpla su Condena…” (En sólo 40 segundos.) Para precisar: La Real Academia Española (RAE), a través del Diccionario de la lengua, incluye: • Más de 93.000 palabras (entradas principales) • Más de 195.000 acepciones (significados) Si ampliamos el criterio a todo el léxico efectivo del español: Se estima que el español tiene entre 300.000 y 500.000 palabras. Si incluimos tecnicismos científicos, jergas profesionales y regionalismos, la cifra puede ser mucho mayor. El vocabulario humano se divide comúnmente en activo (palabras que usa al hablar o escribir) y pasivo (palabras que entiende o recuerda al leer/escuchar). Estas cifras varían por estudios, pero en español se estiman rangos aproximados según nivel educativo. Persona Muy Culta: Domina un vocabulario activo amplio, alrededor de 5.000-8.000 palabras usadas diariamente, y pasivo hasta 35.000 o más gracias a lectura y educación superior. Persona Educada: Usa activamente 2.500-3.000 palabras, con pasivo de 25.000-30.000, influido por años de educación formal y exposición cultural. Persona Promedio: El hispanohablante medio reconoce (pasivo) unas 18.000 palabras y usa activamente 1.500-2.000 en la vida diaria. Joven Adolescente: Emplea sólo 240-800 palabras activas en conversaciones cotidianas, con pasivo menor (alrededor de 10.000-15.000), priorizando slang y simplicidad. La ministra Sedini: Debe estar por las 120 a 150 palabras activas y unas 500 pasivas. (Siendo optimista.) Nota: Galvarino Apablaza aún no ha sido condenado por la justicia chilena. #Ecolalia #Ecofrasia Mis Columnas

ReneX

88,577 görüntüleme • 3 ay önce