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Feliz Navidad…

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A veces miramos a las personas como si todo lo que hicieran tuviera una explicación sencilla: “es así”, “tiene mal carácter”, “exagera”, “se lo toma todo a pecho”. Juzgamos con una ligereza que asusta. Pero hay realidades interiores que no se ven, batallas silenciosas que no dejan cicatrices por fuera pero desgarran por dentro. Y una de ellas es vivir con un trastorno bipolar. Desde fuera puede resultar incomprensible. Ves a alguien sonreír, brillar, hablar con intensidad, comerse el mundo… y poco después verlo caer, apagarse, romperse. Y el mundo, que siempre tiene prisa, que siempre exige calma, control y coherencia, mira sin entender, como si fuera tan fácil “controlarse”. Como si todo dependiera de querer. Como si no hubiera algo mucho más profundo moviendo ese dolor. Nos pasa incluso a nosotros, que cuando tenemos un mal día y ni siquiera sabemos explicar por qué estamos mal, ya sentimos culpa, incomodidad, vergüenza. Imagina entonces vivir no solo un mal día, sino una montaña rusa emocional que no has elegido. Imagina ver cómo el mundo sigue su ritmo normal mientras tu interior se desordena, se rompe, se llena de miedo, de tristeza, de confusión. Multiplica esa sensación. Amplíficala. Y aun así, sigue habiendo quien mira desde fuera y dice: “es raro”, “es inestable”, “es su forma de ser”. Comprender sin haberlo vivido es muy difícil. Y quizá nunca lleguemos a entender del todo lo que supone convivir con un trastorno mental. Pero sí podemos hacer algo profundamente humano: ser más empáticos, más cautos, más conscientes. Dejar de reducir a las personas a sus reacciones. Recordar que muchas veces alguien no se comporta así “porque quiere”, sino porque, sencillamente, no puede comportarse de otra manera. Un poco más de respeto, un poco menos de juicio. Un poco más de humanidad. A veces eso no cura… pero acompaña. Y acompañar ya es, muchas veces, una forma de amar.

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78,978 görüntüleme • 5 ay önce