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Juan L. Lagos

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Lamentable ver cómo hasta en esto Diego Schalper copia a la izquierda: mintiendo sobre las propuestas de José Antonio Kast. El plan se llama “Chao Préstamo” y jamás se ha puesto en duda la PGU. Un mínimo de honestidad en un tema tan sensible no es mucho pedir.

Lamentable ver cómo hasta en esto Diego Schalper copia a la izquierda: mintiendo sobre las propuestas de José Antonio Kast. El plan se llama “Chao Préstamo” y jamás se ha puesto en duda la PGU. Un mínimo de honestidad en un tema tan sensible no es mucho pedir.

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Papelón en el comando de Evelyn Matthei, Katherine Martorell se enteró en vivo que su candidata se bajó para el debate en La Araucanía. Una muestra de que se trata de una decisión de última hora y a la rápida.

Papelón en el comando de Evelyn Matthei, Katherine Martorell se enteró en vivo que su candidata se bajó para el debate en La Araucanía. Una muestra de que se trata de una decisión de última hora y a la rápida.

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Una gira distinta…tan distinta que desconoce que Coyhaique está en Chile

Una gira distinta…tan distinta que desconoce que Coyhaique está en Chile

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Hay dos videos recientes que se entienden mejor cuando se miran juntos. En uno aparece Nicolás Vergara en Radio Duna y en el otro habla Rafael Gumucio en Radio Pauta. En ambos se habla de la verdadera naturaleza del periodismo. Partamos con el fundador de Plan Z. Mientras analizaba el debate Archi y comentaba la estrategia de Jeannette Jara de posicionarse como la principal figura opositora a José Antonio Kast, Gumucio dijo algo que llamó la atención: “En el debate era Kast cuestionado, y era ella y los periodistas… Jeannette Jara trabajando con los periodistas”. Ante esa idea, las periodistas Claudia Álamo y Constanza Santa María salieron a defender el honor del gremio. Pero lo cierto es que la afirmación de Gumucio analizada de buena fe se entiende con claridad: no habla de una coordinación deliberada, pero sí que en los hechos Jara terminó alineada con el tipo de cuestionamiento que los periodistas llevaron al debate de Archi. Antes de entrar en las razones que sostienen lo planteado por Gumucio, vayamos el otro video. En Radio Duna, Mónica Pérez y Matías del Río estaban rasgando vestiduras por la forma en que José Antonio Kast respondió a ciertas preguntas, casi como si se hubiese burlado del “periodismo de calidad” que ellos creen encarnar. Frente a ese nivel de fariseísmo, Nicolás Vergara tuvo que ocupar una posición que no buscaba: defender a Kast. Y lo hizo con una frase que ordenó el debate: “Creo que podríamos hablar del tono de muchas de las preguntas y de los supuestos implícitos, sobre todo hacia Kast. Centrar las críticas solo en él es un error”. Lo interesante es que ambos videos muestran lo mismo desde ángulos distintos. Vergara y Gumucio ponen en evidencia que el periodismo no es esa actividad inmaculada que Del Río, Pérez, Santa María y Álamo intentan idealizar. Es un oficio humano, lleno de sesgos, intereses, rivalidades y puntos de vista que, incluso sin intención, pueden llevar a que los periodistas del debate Archi hayan operado en beneficio de la estrategia de Jeannette Jara, tal como señaló Gumucio. Y también pueden llevar a juicios profundamente injustos sobre el desempeño de José Antonio Kast, tal como evidenció Vergara. Todo esto nos conduce a una premisa fundamental si queremos defender la libertad de prensa. La libertad de prensa protege a los periodistas de la censura previa, pero no los exime del escrutinio público. Los ciudadanos tenemos derecho a cuestionar cómo ejercen su oficio, porque nosotros también tenemos libertad de expresión. Faltaba más. ¿Acaso hay un periodista que sostenga que la libertad de prensa es decir cualquier cosa mientras nosotros no podemos decirle nada? Ahora bien, creo que existe un impulso del periodismo que puede explicar, aunque no justificar, el desempeño tan débil que tuvieron los periodistas en el debate Archi. Gumucio lo señaló con claridad: terminaron formando un tándem involuntario con Jeannette Jara. Ese impulso proviene de una intuición clásica del periodismo: la idea de que su rol principal es interpelar a las figuras de poder. Y en esta segunda vuelta la única figura de poder es José Antonio Kast. Esto se nota en la campaña, en las encuestas y en el clima de opinión. No quiere decir que la elección esté ganada, pero es un hecho que la prensa está tratando a José Antonio Kast como el próximo presidente de la República. Esto implica que Jara dejó de ser un foco informativo relevante, porque no posee un peso político real a la hora de ver sus posibilidades de ser la próxima presidenta de la República. Como consecuencia, casi todas las tensiones del debate se proyectan sobre Kast, quien es el protagonista indiscutido de la contienda. Con todo, ese impulso tan propio del periodismo —el de interpelar a quienes ejercen poder— debe estar mediado por la ética de su profesión y, sobre todo, por la función que los periodistas asumen cuando moderan un debate presidencial. La discusión sobre si los periodistas deben ser imparciales es amplia y tiene muchas posturas, pero aquí importa otra cosa: cuando dejan de ser entrevistadores y se convierten en mediadores de un intercambio que pretende ser equilibrado, la obligación de imparcialidad surge del rol que aceptan desempeñar. Un moderador no está ahí para imponer una interpretación ni para inclinar la balanza, sino para asegurar que el público reciba una representación justa de las distintas posiciones. Eso exige evitar prejuicios, revisar los propios supuestos y permitir que cada candidato exponga sus ideas sin quedar atrapado en preguntas cargadas de presupuestos. Si los periodistas no cumplen ese estándar cuando moderan debates presidenciales, dejan de facilitar la deliberación democrática y pasan a convertirse, aunque sea sin querer, en actores políticos más que en mediadores. He visto centenares de debates presidenciales y, en la inmensa mayoría de los formatos, se privilegia el intercambio entre los candidatos. Ellos son los protagonistas y los periodistas se limitan a conducir la conversación con breves introducciones sobre cada tema. En Chile, desde el retorno a la democracia, no hemos logrado consolidar una tradición seria de debates políticos. Lo que solemos ver es un ciclo de entrevistas relámpago, donde los periodistas, en su afán por “dinamizar”, terminan monopolizando el espacio y desplazando a quienes deberían estar contrastando sus ideas ante el país. Por eso creo que necesitamos un cambio radical. Los debates presidenciales deberían contar con un solo moderador cuya tarea sea, precisamente, moderar. Nada más. La dinámica del encuentro debe surgir de las estrategias de los propios candidatos y debemos ser nosotros, los espectadores, quienes evaluemos su desempeño. Pero si el periodismo chileno insiste en sentirse cómodo como protagonista de estos mal llamados “debates”, lo mínimo es que cumpla con la exigencia básica de la imparcialidad. No importa que un candidato tenga más peso político o mayor relevancia mediática que el otro. Si los periodistas quieren ocupar un rol central, también deben recordar que ese rol viene acompañado de deberes éticos claros. Sus impulsos comprensibles deben estar subordinados a las obligaciones que asumen cuando se arrogan la función de mediar una discusión presidencial. Considero importante hacer este llamado porque en esto se juega la legitimidad del periodismo. Si los periodistas siguen inclinando la balanza, aunque sea de forma involuntaria o incluso comprensible por las lógicas internas del oficio, terminarán perdiendo la poca credibilidad que aún conservan. Cuando noticias falsas salen de canales formales, como ocurrió con CNN Chile al insinuar que la familia Piñera había retirado su apoyo a José Antonio Kast —información desmentida por la propia hija del expresidente—, los medios comienzan a ser indistinguibles de cualquier cuenta de Twitter o de un canal improvisado en YouTube. Los medios cumplen un rol fundamental y los periodistas son esenciales para la vida pública, pero si confunden esa importancia con un velo de impunidad para afirmar cualquier cosa, la realidad terminará pasándoles la cuenta. Por eso celebro la honestidad, aunque haya sido involuntaria, de Rafael Gumucio y Nicolás Vergara. Nos recordaron algo obvio pero necesario: el periodismo seguirá cumpliendo un rol importante en la sociedad solo en la medida en que se muestre como una actividad humana, limitada y sujeta a escrutinio. Subirse a un pedestal cuando todos vemos los pies de barro no conduce a prestigio, sino al descrédito. Dicho todo lo anterior, espero que el debate de Anatel marque un punto de inflexión. No podemos seguir normalizando un estilo en el que los periodistas asumen de forma deficiente un rol moderador que exige distancia, equilibrio y rigor. Un debate presidencial no es un espacio para que cada periodista despliegue sus obsesiones o sus prejuicios, ni para que convierta la instancia en una sucesión de entrevistas cruzadas. Es una oportunidad para que el país compare proyectos y evalúe liderazgos. Si Anatel logra que esta vez los periodistas comprendan la responsabilidad que aceptan al moderar un debate y se ciñan a ella, habremos ganado todos: los candidatos, la audiencia, la democracia y, por cierto, también el periodismo y sus representantes.

Juan L. Lagos

36,044 görüntüleme • 6 ay önce

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