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Anoche salí al pasillo del edificio a tirar la basura…Una mujer… o lo que sea… caminando AL REVÉS, con el cuerpo arqueado como si no tuviera huesos, cabeza abajo, ojos en blanco y acercándose directo hacia mí. Yo solo alcancé a gritar y correr.

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Tengo 50 años y he viajado en Business por primera vez. He ido invitado por Iberia (muchísimas gracias, de verdad) y, claro, para mí era como volver a ir al parque de atracciones por primera vez: el sillón que se convierte en cama y que he toqueteado arriba y abajo, la pantalla enorme, la comida estupenda. Pero eso no ha sido lo más importante. Lo más importante, lo que más me ha acompañado han sido las ventanas. Tres. Tres ventanas alineadas solo para mí, abiertas hacia un cielo que no parecía tener fin. No eran simples aperturas en el fuselaje: eran como un pasillo secreto hacia lo inalcanzable, como si de pronto tuviera acceso a una parte del mundo que casi siempre está prohibida. Me asomaba una y otra vez, incapaz de cansarme, como si pudiera entrar en él, como si esas horas flotando fueran realmente un hogar suspendido en el aire. Durante diez horas, ese asiento ha sido mi pequeña casa. Allí he leído sin mirar demasiado las páginas, he mirado sin querer apartar los ojos, he cerrado los párpados un rato solo para comprobar que al abrirlos el cielo seguía ahí, idéntico y distinto, inmutable y cambiante a la vez. Y cada vez que lo hacía, el cielo me devolvía la misma sensación: estaba viajando dentro de un milagro, un milagro que suele pasar desapercibido porque lo cubrimos de rutinas, de horarios, de prisas. Sí, lo he disfrutado con la alegría intacta de quien entra en un parque de atracciones por primera vez, como cuando mi hijo fue al parque acuático con dos años y solo quería mojarse y volver al tobogán, mojarse y volver al tobogán. Con esa mezcla de desconcierto y entusiasmo que no necesita explicaciones. Pero también con la certeza fotográfica de que algunas experiencias llegan tarde, (sobre todo para quienes somos de barrio), pero llegan igual, quizá incluso mejor. Porque cuando lo hacen, lo hacen con la luz intacta, con la misma claridad con la que se mira el cielo abierto de par en par.

Pedro Torrijos

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