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La “Piedad” creada por Ippolito Scalza a lo largo de nueve años, entre 1570 y 1579, para la Catedral de Orvieto representa el punto más alto de la carrera artística del escultor nacido en Orvieto y una de las grandes obras maestras de la escultura sagrada del Renacimiento tardío. Fue la Ópera del Duomo la que encargó esta pieza a Scalza tras la muerte de Raffaello da Montelupo, a quien originalmente se le había encomendado la creación del grupo escultórico. A pesar de su complejidad y su muy articulada composición, la obra fue tallada a partir de un solo bloque de mármol, del cual Scalza, con extraordinaria habilidad, dio forma a las cuatro figuras: Cristo, María, Nicodemo y María Magdalena. El dinamismo de los cuerpos, la interacción de la cortina y la construcción casi "teatral" de la escena intensifican el patetismo del momento, preservando al mismo tiempo una profunda compostura espiritual. Particularmente sorprendente es la forma en que la Virgen María recibe el cuerpo sin vida de su hijo en su regazo: ella lo apoya y lo sostiene cerca tocándolo sólo a través de la tela de sus prendas, sin dejar que sus manos entren en contacto directo con su cuerpo desnudo. Este detalle es un claro homenaje a la más famosa “Vatican Pietà” de Miguel Ángel (c. 1497-1499), que presenta la misma elección artística y teológica: el amor de una madre que es absoluto, pero profundamente respetuoso del misterio divino de Cristo. En esta Piedad, Scalza logra combinar devoción, intensidad emocional y notable elegancia formal, brindándonos una obra que aún hoy invita a la contemplación y al silencio.

El Club del Arte 🎨📷📚🖼🕍🎼

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🟥🦛 SECRETO A VOCES | El hipopótamo “tierno” de las redes y la tragedia real que el Estado dejó crecer. Por Rivardo Ruidiaz En Colombia tenemos una costumbre peligrosa: volver paisaje lo absurdo y convertir en chiste lo que ya es tragedia. Ahora las redes sociales se conmueven con el video de un hipopótamo bebé entrando a una vivienda en Puerto Triunfo, Antioquia, como si se tratara de una escena pintoresca, una rareza tropical, una travesura de la naturaleza digna de likes, risas y comentarios enternecidos. Pero en el Magdalena Medio esa imagen no causa ternura. Causa miedo. Y con toda razón. Porque allá la gente no está viendo un animal “curioso”. Está viendo una amenaza que el Estado dejó crecer durante años hasta volverla parte de la cotidianidad. Una amenaza que ya no se mueve solamente por ríos y ciénagas, sino que aparece en carreteras, barrios, fincas, patios y hasta en la puerta de las casas. Eso no es exótico. Eso es una señal de descontrol. Y aquí conviene decir algo que muchos en redes parecen ignorar: el mayor peligro casi nunca es la cría. El problema real es la madre. O los adultos cercanos. Un hipopótamo pequeño puede parecer torpe, desorientado, incluso indefenso. Pero basta con que alguien se acerque, lo intente espantar o simplemente invada su espacio para que el asunto se convierta en una escena de alto riesgo. Los hipopótamos no son mascotas salvajes ni estampas de safari. Son animales territoriales, pesados, impredecibles y potencialmente letales. Pero como en este país todo termina banalizado, hay quienes todavía miran este fenómeno con ojos de caricatura. Lo mismo pasa con la otra escena que circula: dos hipopótamos adultos peleando frente a una casa mientras sus habitantes se esconden adentro, esperando que la brutalidad no rompa la puerta ni les caiga encima. ¿Eso también les parece tierno? ¿Eso también es motivo de fascinación digital? No. Eso es la muestra de que el problema se salió de control hace rato. Lo más grave es que esta crisis no cayó del cielo ni apareció por sorpresa. Fue incubada con paciencia por la desidia del Estado, por la falta de decisiones de fondo, por el miedo a asumir costos políticos y por esa manía tan colombiana de patear los problemas hasta que exploten en la cara de la gente. Durante años se permitió que esta especie invasora se reprodujera sin freno, como si el país pudiera darse el lujo de seguir tratando un problema ambiental y de seguridad pública como si fuera una anécdota de la memoria narco. Y ahí está el resultado: comunidades enteras obligadas a convivir con animales de varias toneladas que rondan viviendas, cruzan vías y alteran ecosistemas completos. Porque no se trata solo del miedo de los pobladores, que ya sería suficiente. También se trata del daño ecológico. Estos animales no pertenecen a este ecosistema. No evolucionaron aquí. No tienen depredadores naturales aquí. No encajan aquí. Y precisamente por eso su presencia rompe equilibrios, altera cuerpos de agua, desplaza especies y empuja a la región a una distorsión ambiental que no admite más contemplación romántica. Pero claro, siempre aparecen los moralistas tardíos cuando se anuncian medidas drásticas. Que si es cruel. Que si es inhumano. Que si cómo se les ocurre. Y sí, suena duro. Suena brutal. Incomoda. Pero la pregunta de fondo no es si la decisión choca sensibilidades. La pregunta verdadera es otra: ¿qué pretendían? ¿Esperar a que el número de hipopótamos siguiera multiplicándose hasta que el Magdalena Medio terminara convertido en un territorio tomado por una especie invasora que nadie quiso controlar a tiempo? La crueldad no empezó ahora, con las medidas de control. La crueldad empezó cuando el Estado decidió no hacer nada serio durante años. Cuando dejó que el problema creciera. Cuando prefirió la evasión a la autoridad. Cuando permitió que la negligencia se convirtiera en política pública de facto. Hoy todo parece extremo porque todo se dejó pudrir demasiado. Esa es la verdad incómoda. Y en medio de esa verdad, los más expuestos siguen siendo los de siempre: los habitantes del territorio. No los opinadores de escritorio. No los ambientalistas de teclado. No los que comentan desde la distancia. Los que pagan esta irresponsabilidad son los campesinos, las familias ribereñas, los conductores, los pescadores, los niños, las comunidades que todos los días deben vivir con la posibilidad de encontrarse un animal salvaje, enorme y agresivo donde debería haber tranquilidad. Aquí no hay espacio para ingenuidades. El debate ético existe, claro. Pero ya no estamos en la etapa del debate cómodo. Estamos en la etapa de la emergencia. Y cuando un Estado deja que una crisis llegue hasta la puerta de las casas, ya no administra prevención: administra consecuencias. La próxima vez que alguien vea un hipopótamo bebé entrando a una vivienda y diga que la escena es “hermosa”, convendría recordarle que detrás de ese video hay una comunidad viviendo con miedo, un ecosistema deformado y un Estado que volvió a llegar tarde. Porque en el Magdalena Medio el hipopótamo no es una curiosidad viral. Es una amenaza real. Y lo más grave no es que haya entrado a una casa. Lo más grave es que Colombia dejó que este desastre se normalizara hasta convertir la negligencia en paisaje.

𝗦𝗘𝗖𝗥𝗘𝗧𝗢 𝘈 𝘝𝘖𝘊𝘌𝘚 𝗣𝗥𝗘𝗡𝗦𝗔

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