Video yükleniyor...

Video Yüklenemedi

Ana Sayfaya Dön

Dulcemoon IG:dulcemooon

21,464 görüntüleme • 1 yıl önce •via X (Twitter)

0 Yorum

Yorum bulunmuyor

Orijinal gönderinin yorumları burada görünecek

Benzer Videolar

LA INJUSTICIA DEL AZAR Y LA CRUDEZA DEL DESTINO Hay muertes que no admiten explicación moral. No enseñan, no redimen, no ordenan el mundo. Ocurren y ya. Son la expresión más desnuda del azar, esa fuerza impersonal que reparte tragedias sin criterio, como si el universo jugara a lanzar dados sobre la vida humana. Un accidente —así lo llamamos, con una palabra pequeña— basta para recordarlo. Un choque. Un transporte de gas. Un líquido contenido a baja temperatura y alta presión que, al liberarse, deja de obedecer. Se convierte en nube. En manto invisible. En abrazo mortal. Avanza pegado al suelo, pesado, silencioso, cubriendo todo lo que encuentra: autos detenidos, personas apuradas, ciclistas concentrados en el equilibrio, peatones pensando en el almuerzo o en llegar a casa. Y luego, en un instante que no alcanza a ser medido, una chispa. Cualquiera. Una bujía, un cigarro, un motor que insiste en girar. Y el mundo cambia para siempre. La combustión no avisa. No da tiempo a comprender, menos a huir. La reacción se propaga más rápido que el pensamiento, más rápido que el miedo. El fuego corre donde antes había rutina. El estruendo queda grabado en la memoria de quienes sobreviven, como una cicatriz sonora que nunca termina de cerrarse. Y para quienes estaban ahí, en ese punto exacto del mapa y del tiempo, ya no hay memoria: sólo destino cumplido. Eso es lo que duele. No el accidente en sí, sino su arbitrariedad. La injusticia radical de estar en el lugar incorrecto en el momento nefasto. No por imprudencia, no por decisión, no por error propio. Simplemente por estar. Por coincidir. Por haber salido cinco minutos antes o después. Por haber elegido esa ruta y no otra. Por haber detenido el auto en ese semáforo y no en el siguiente. Minutos antes, esas personas pensaban en cosas pequeñas y humanas. En llegar a tiempo. En una llamada pendiente. En una deuda, en un mensaje, en una cita. La vida en su forma más simple y cotidiana. Nada anunciaba el final. Ninguna señal, ningún presagio. El destino no envía notificaciones. Sólo cae. Nos cuesta aceptar que la muerte, a veces, no tiene relato ni causa profunda. Que no hay enseñanza proporcional al dolor. Que no todo ocurre “por algo”. Hay tragedias que no explican nada: sólo interrumpen. Cortan biografías a mitad de frase. Dejan objetos huérfanos de dueños y palabras sin destinatario. Frente a eso, el ser humano intenta ordenar el caos con conceptos nobles: azar, destino, fatalidad. Son intentos de nombrar lo innombrable, de darle forma al absurdo. Pero en el fondo sabemos que no hay consuelo suficiente. Sólo queda el respeto por quienes no tuvieron opción. La memoria de esas vidas detenidas sin consentimiento. Y la conciencia, incómoda y persistente, de que la línea que separa un día cualquiera de una catástrofe es infinitamente delgada. Hoy fueron otros. Mañana, nadie lo sabe. El azar no distingue, el destino no explica. Y quizá por eso, entender su crueldad no nos vuelve cínicos, sino más atentos. Más frágiles. Más conscientes de que vivir —simplemente vivir— es un privilegio precario, sostenido por una combinación misteriosa de rutinas, coincidencias y silencios que, cuando se rompen, nos recuerdan cuán poco control tenemos sobre el final. Mis Columnas

ReneX

162,149 görüntüleme • 3 ay önce