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EL PERRO SÁNCHEZ (PROGRAMA DE MANU SÁNCHEZ) Lo verdaderamente interesante del nuevo programa de RTVE no es que Manu Sánchez o Manuel Carrasco defiendan la inmigración masiva. Lo verdaderamente interesante es quién transmite el mensaje. Porque las grandes transformaciones sociales nunca se presentan directamente como proyectos políticos. Se presentan...

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Es muy importante que este vídeo se distribuya masivamente, porque demuestra —con personajes que saben de lo que hablan— el problema que tenemos con las redes sociales. Iker y su señora tienen una hija de 14 años. Le han preguntado qué le parece que Pedro Sánchez quiera limitar el acceso a las redes sociales a los menores de 16 años. Iker dice que ha alucinado con el informe de la niña. Resulta que hay una "corriente" poco favorable a Pedro Sánchez. Se ha quedado muy sorprendido con el informe. Como si le extrañara, se le nota que está orgulloso de la criatura. Luego sale la señora de Jiménez añadiendo que en las redes que la criatura consume —y remarca: "siempre con supervisión"— Pedro Sánchez sale mal parado, porque la mayoría de la gente de su edad quiere votar a VOX. También se "sorprende". Y ese es precisamente el problema: que se "sorprendan" en lugar de preocuparse. Que chavales de 14 años quieran votar a la ultraderecha debería encender todas las alarmas, no provocar un «oh, que listos son los niños». Porque lo que están describiendo es el resultado directo de cómo funcionan los algoritmos de las redes sociales. Esa "corriente" que tanto sorprende a Iker y señora no surge por generación espontánea. Es el producto de plataformas diseñadas para maximizar engagement, no para educar ni informar. Los algoritmos detectan qué contenido genera más interacción —rabia, indignación, miedo— y lo amplifican sin piedad. Y aquí está la clave: el discurso de ultraderecha es combustible premium para estos algoritmos. ¿Por qué? Porque funciona con narrativas simples, enemigos claros y soluciones inmediatas. "Los inmigrantes son el problema", "la ideología de género destruye la familia", "los políticos progresistas te quieren quitar la libertad". Son mensajes que no requieren matices, que generan indignación instantánea y que invitan a compartir, comentar, enfadarse. El algoritmo no distingue entre verdad y mentira: solo mide cuánto tiempo te mantiene pegado a la pantalla. Por el contrario, el discurso progresista suele requerir contexto, datos, análisis de sistemas complejos. Explicar por qué la desigualdad es estructural, por qué los derechos de las minorías importan, o por qué el cambio climático exige transformaciones profundas... todo eso necesita tiempo, paciencia y predisposición a la reflexión y un pensamiento critico. No genera el chute de dopamina que necesita el algoritmo. Es aburrido para la métrica, aunque sea esencial para la democracia. La ultraderecha lo ha entendido perfectamente. Sus mensajes están diseñados para el formato: vídeos cortos, frases contundentes, agresivas, faltonas, insultos, menosprecio, envueltos en memes virales, bulos, exageraciones, enemigos fáciles de identificar. Mientras los progresistas intentan explicar, ellos señalan. Y señalar siempre es más rápido que explicar. Si una adolescente de 14 años empieza a consumir contenido crítico con Sánchez, el algoritmo no le va a ofrecer matices ni análisis ponderados: le va a servir vídeos cada vez más radicales, clips editados fuera de contexto, bulos disfrazados de "información que no te cuentan", y perfiles que presentan la ultraderecha como la única voz valiente frente al sistema. Y lo hará porque ese contenido retiene más, genera más clics, provoca más shares. El negocio no es ideológico: es emocional. Lo grave no es que Iker y su mujer descubran que su hija tiene opiniones políticas. Lo grave es que celebren la supervisión parental mientras describen, sin darse cuenta, un proceso de radicalización en tiempo real. Porque decir "siempre con supervisión" mientras tu hija te cuenta que su generación quiere votar a VOX es como vigilar que tu hija se ponga el cinturón de seguridad... mientras conduce hacia un precipicio. La sorpresa de los Jiménez revela algo peor que la ingenuidad: revela la normalización de burbujas informativas tóxicas. Han asumido que las redes sociales son un espacio neutro donde su hija "se informa", cuando en realidad son máquinas de ingeniería emocional diseñadas para convertir curiosidad en convicción, y convicción en identidad tribal. Lo que está en juego no es solo qué partido vote esa adolescente en el futuro. Es qué valores va a interiorizar. Porque el discurso de ultraderecha que circula por redes no es solo anti-Sánchez: es anti-feminista (disfrazado de "sentido común"), anti-inmigración (disfrazado de "seguridad"), anti-ecologista (disfrazado de "realismo"), anti-diversidad (disfrazado de "defensa de la tradición"). Cada vídeo, cada meme, cada comentario va construyendo un marco mental donde la empatía es debilidad, la solidaridad es ingenuidad, y cualquier intento de transformación social es una amenaza. Frente a eso, los valores progresistas —igualdad, justicia social, sostenibilidad, derechos humanos— quedan relegados a "lo políticamente correcto", algo que te imponen desde arriba. Y cuando un adolescente percibe que le están imponiendo algo, su reacción natural es rebelarse. La ultraderecha ha conseguido venderse como la rebeldía, cuando en realidad defiende el statu quo de siempre: jerarquías, privilegios, exclusión. Y aquí está el quid de la cuestión: limitar el acceso a las redes no soluciona nada si no entendemos qué está pasando dentro de ellas. Prohibir TikTok a los menores de 16 años sin explicarles cómo funcionan los algoritmos es como quitarles el móvil sin enseñarles por qué les están manipulando. A los 16 años y un día, volverán a meterse en el mismo ecosistema tóxico, pero sin haber desarrollado ningún anticuerpo crítico. El verdadero problema no es que una niña de 14 años tenga opiniones políticas. El problema es que esas opiniones no son suyas: son el subproducto de un modelo de negocio que monetiza la polarización. Y lo más inquietante es que sus padres, en lugar de preguntarse cómo ha llegado su hija a esas conclusiones, dicen que se sorprenden, pero realmente están orgullosos de la niña, sin ser conscientes de que están hablando de los valores de su hija de 14 años, no si su hija prefiere el reguetón al jazz. Aquí los que alucinamos somos la mayoría con Iker y su Señora y de los amigos de la niña. Por cierto ¿seguro que la niña con 14 años ya sabe que las pensiones no son sostenibles y que Sánchez nos roba con los impuestos, y tiene un poster de Abascal a caballo en plan curro Jiménez? Pues eso.

Ross

89,122 Aufrufe • vor 5 Monaten

“Irán es una teocracia retrógrada, ¿no?” Lo repetimos tanto que la frase pareciera un punto final a cualquier discusión en Occidente sobre Irán. Una vez pronunciada, funciona como un conjuro: paraliza el pensamiento, ordena el mundo en casillas conocidas y archiva el caso iraní sin necesidad de examinarlo. Pero no. El modelo político iraní no es retrógrado. Es, en un sentido estricto, de vanguardia. No porque sea superior ni perfecto, sino porque no existe como categoría previa en el manual de la ciencia política eurocéntrica. No encaja. Y esa imposibilidad de encaje es precisamente lo que lo vuelve incómodo, lo que obliga a quienes observan desde la comodidad de las tipologías heredadas a repetir, una y otra vez, el conjuro: “teocracia, teocracia, teocracia”. Lo que emerge en Irán no es una teocracia en el sentido medieval del término —no es el gobierno directo de clérigos que administran un rebaño pasivo—, sino algo más complejo, más tenso y, por eso mismo, más interesante: El primer experimento sostenido de democracia islámica. Un intento —contradictorio, disputado, atravesado por luchas internas— de articular instituciones modernas de representación con una legitimidad política anclada en una tradición civilizatoria no occidental. Parlamento, elecciones presidenciales, facciones políticas, debates públicos intensos: todo ello coexiste con una arquitectura religiosa que pretende inscribir la política dentro del marco ético de la revolución islámica. Es un híbrido. Muy incómodo. Incomoda porque desestabiliza las clasificaciones. No es la copia de un modelo europeo ni la adaptación tardía de un sistema colonial. Es una forma política que intenta responder a una pregunta que el mundo musulmán no ha dejado de formularse desde hace mucho: ¿cómo participar en la realidad política moderna sin disolver la propia tradición civilizatoria? Por eso el experimento iraní produce una inquietud profunda, no solo en Washington o Tel Aviv, sino también —y quizá sobre todo— en las capitales del Golfo. En Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Catar, Bahréin, Kuwait u Omán no existe nada parecido En esos lugares no hay democracia islámica. Lo que hay son monarquías instaladas bajo la arquitectura geopolítica británica del siglo XX y sostenidas después por el paraguas militar y financiero de Estados Unidos. Regímenes cuyo poder no emana de la ciudadanía, sino de la continuidad dinástica de unas pocas familias. Sistemas donde la legitimidad política es prácticamente inexistente desde el punto de vista histórico. ¿Por qué no quieren a Irán? ¿Por qué llevan décadas intentando desestabilizarlo? ¿Por qué lo sancionan, lo bombardean, lo cercan? Porque una república islámica construida por el propio pueblo iraní —respaldada por millones en las calles— que introduce elecciones, movilización popular y estructuras representativas dentro de un marco religioso demuestra algo peligroso para muchos regímenes de la región: Que la organización política del islam puede adoptar una forma que no depende ni de la monarquía hereditaria ni de la tutela geopolítica externa. Ahí aparece el nerviosismo. Imaginar que una democracia islámica —distinta, contradictoria, pero real— pueda existir en la región abre una pregunta que esos regímenes prefieren no formular: ¿qué ocurriría si la legitimidad política dejara de descansar en el linaje de unas pocas familias y comenzara a discutirse en el terreno de la participación popular? Y en ese terreno Irán ha producido algo que los reyezuelos del Golfo observan con pánico: subjetividades políticas capaces de dar la vida por los demás, por su prójimo. Ser martirizados. ¿De qué están hechos los iraníes? ¿Cómo han construido esa disposición a combatir —solos— a Estados Unidos e Israel sin el menor temor? Guste o no, la respuesta está en su fe. En su subjetividad chií duodecimana que no separa la política de la trascendencia y que ha logrado encarnar una forma de resistencia que no depende del poder material inmediato. Miren, por ejemplo, lo que han avanzado las mujeres iraníes. Y no hablamos de exhibir el cuerpo en Onlyfans —esa no es la medida de la emancipación—, sino de conquistar espacios de decisión, de presencia pública, de formación política. De lucha. Y eso sí que representa una amenaza real para los reyezuelos profundamente machistas del Golfo, que mantienen a las mujeres como objetos mientras ellos se reservan el lugar de sujetos. Por eso Irán fastidia. Porque no se deja archivar. Porque su existencia misma abre preguntas que el pensamiento único preferiría mantener cerradas. Y porque, en el fondo, lo que está en juego no es si Irán es o no una democracia en los términos occidentales, sino algo mucho más profundo: si es posible imaginar —y construir— formas políticas que no tengan que pasar por la aduana de las categorías europeas. Entonces no. Irán no es una teocracia retrógrada. Es algo nuevo. Algo que está siendo parido con dolor en la región, que golpea la arrogancia occidental y que, precisamente por eso, merece ser pensado con seriedad. —Y algunos ya han comenzado a hacerlo. Christian Nader, por ejemplo.

Édisson

27,377 Aufrufe • vor 4 Monaten