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En los años 70, hubo 200.000 incendios en el South Bronx de Nueva York, y la mitad de los habitantes tuvieron que marcharse de su barrio. Los fuegos no fueron fortuitos, la mayoría los provocaron los caseros para echar a los inquilinos y cobrar el seguro. Esta es la historia: Los Ortiz dormían vestidos por si la casa ardía esa noche. Los Ortiz, o los Brennan, o los Washington, da igual, podría ser un apellido como el vuestro, exactamente igual que el vuestro. Vivían en el South Bronx, en edificios de ladrillo de cuatro o cinco plantas y ningún ascensor, y se acostaban con los zapatos puestos, los niños sobre todo, porque bajar tres pisos en calcetines por una escalera en llamas podía suponer la diferencia entre vivir o morir. Las madres dejaban una bolsa junto a la puerta con documentos, una foto, el dinero que tuviesen, siempre la misma bolsa, lista, como la gente que vive cerca de un frente de guerra. Porque la década del fuego de Nueva York fue un frente de guerra entre la ciudad y sus habitantes. Desde 1970 hasta 1980 el barrio ardió con la regularidad del amanecer y el anochecer, había días de tres incendios, de cinco, noches con más de quince o veinte. Los niños aprendían a leer el humo igual que aprendían las tablas de multiplicar. 200.000 incendios en diez años, 30.000 al año en los años más duros, mil en una sola noche, la del gran apagón de 1977. Mil incendios. La versión oficial fue que se quemaban ellos solos, que los propios vecinos, los puertorriqueños y los negros y los irlandeses que aún vivían allí, prendían fuego a sus casas por vandalismo, por drogas, por una especie de pulsión autodestructiva que tienen —que tenemos— los pobres. Los periódicos lo contaban como en un documental de naturaleza. Mira cómo arden. Mira cómo les gusta. No les gustaba, claro, y esa no fue la causa del fuego. La ciudad estaba en bancarrota y recortó los servicios públicos, también los bomberos. Doce dotaciones del South Bronx fueron eliminadas y si antes podían atacar un fuego en quince minutos, ahora llegaban cuando ya no quedaba nada que apagar. Así que los caseros hicieron la cuenta, una aritmética muy sencilla: un edificio lleno de inquilinos pobres con el alquiler congelado no valía nada; un edificio quemado valía lo que pagaba el seguro. Casi un cuarto de millón de personas perdieron su casa. Hay quien dice que más, que llegó a marcharse la mitad de los habitantes del distrito. Nadie lo sabe exacto porque medir con precisión habría significado reconocerlo. Lo que sí se midió es la ceniza. En siete sectores del barrio ardió más del 97% por ciento de los edificios. En Charlotte Street sobrevivió uno de cada treinta. En Soundview, un barrio entero, quedaron nueve casas en pie. Nueve. Vivian Vázquez Irizarry creció en una de esas casas, en Leggett Avenue. Durante años creyó lo mismo que todos, que la culpa era suya, que algo en su gente, en su sangre, había traído el fuego. Luego fue a los archivos del cuerpo de bomberos, pidió los registros y descubrió que más de la mitad de aquellos incendios no estaban anotados en ningún sitio. Ardió medio barrio y el papel decía que no había pasado nada. Cuarenta años después, Vivian rodó un documental, se llama Decade of Fire. Nosotros no quemamos el South Bronx, dice en un momento, fuimos nosotros los que lo salvamos. Lo cuenta mirando a su hijo, explicándole por qué ella dormía con los zapatos puestos. El documental acaba en el presente, y en el presente, quienes no se fueron están descubriendo que el barrio que salvaron ahora es deseable. Que los alquileres se están triplicando. Que en la orilla del río, la misma que miraba a Manhattan, se levantan torres de vidrio con piscina y vistas donde antes había naves y vertederos. Así que viene gente nueva que puede pagar esos alquileres y ya casi nadie se acuerda de los Ortiz, o los Brennan, o los Washington, o de los que tenían un apellido exactamente igual que el vuestro.

Pedro Torrijos

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