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La obra de Antoni Gaudí se conoce sobre todo por su formidable imagen exterior: curvas, mosaicos, formas voluptuosas que definieron el Modernisme. Pero, ¿y si os dijera que en realidad lo más importante está en lo que no se ve? Esta es la historia: Gaudí repetía que él era el último maestro de obra del Gótico, y casi le creías. Pero mentía, o se mentía a sí mismo. ¿Por qué? Pues porque el Gótico sostiene la piedra desde fuera. La apuntala con arbotantes y pináculos, todo un aparato externo que explica que la estructura no se aguanta sola. Gaudí hacía lo contrario. Metía el cálculo dentro de la forma, donde no se ve. Para hacerlo usaba la maqueta polifunicular, que esencialmente eran cuerdas colgadas del techo, saquitos de perdigones atados a hilos. La gravedad tirando hacia abajo, dibujando sola la curva que un peso describe cuando pende de dos puntos. Una catenaria, la forma autoportante perfecta, un arco que copia a una cadena colgada e invertida, que no necesita que nadie lo sujete porque la geometría ya es la estructura. En la cripta de la Colònia Güell montó el modelo entero así, una maraña de cuerdas y plomo pendiendo del techo del taller. Lo fotografiaba, le daba la vuelta a la imagen y lo que colgaba en tracción quedaba de pie en compresión pura. Un ordenador de gravedad resolviendo a mano lo que hoy haría un complejísimo programa informático. Esa curva está en todas partes una vez sabes mirarla: en los arcos del desván de la Casa Milà, esa hilera de costillas de ballena que sostiene la azotea de las chimeneas, en los pórticos inclinados del Parc Güell, columnas que se tuercen siguiendo la línea exacta por donde baja la carga, en los pilares de la Casa Batlló, que se ensanchan como huesos. Gaudí calculaba con las curvas, no decoraba con ellas. La forma voluptuosa que todo el mundo fotografía es, por debajo, puro cálculo. Y no miraba hacia atrás, hacia el Gótico, miraba a un sitio donde todavía no había nadie. Porque esa misma catenaria invertida es la que Eero Saarinen levantaría en San Luis medio siglo después. 200 metros de acero que parecen el futuro y que obedecen a la ley de los saquitos de perdigones del taller barcelonés donde trabajaba. Toda su obra está ahí, en la idea de que la forma nace de su inverso. De que para construir algo primero hay que darle la vuelta. Cuelgas para que se sostenga en pie. Grabas en hueco para que salga en relieve. Por eso, cuando en la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre acaban de emitir una colección de monedas para conmemorar el centenario de la muerte de Gaudí, he pensado que esta era la mejor manera de contarlo. Porque así es como se acuña una moneda: grabando un hueco para que la forma emerja. Siete monedas, en oro y en plata, donde la Sagrada Família, el Parc Güell y la Casa Milà caben en unos centímetros de metal. El troquel trabaja el negativo, la moneda devuelve el positivo.

Pedro Torrijos

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