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Pedro Torrijos

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💡 Cuento historias. 📖CATEDRAL DE ESCOMBROS, ya en librerías.

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Esto es la galería Allen Lambert de Toronto, uno de los primeros edificios de Calatrava. Pero aquí no os voy a hablar de Calatrava. Os voy a contar la historia de LA CIUDAD SUBTERRÁNEA DE 32 km que hay debajo de Toronto. Se llama PATH y os lo cuento en #LaBrasaTorrijos 🧵⤵️

Esto es la galería Allen Lambert de Toronto, uno de los primeros edificios de Calatrava. Pero aquí no os voy a hablar de Calatrava. Os voy a contar la historia de LA CIUDAD SUBTERRÁNEA DE 32 km que hay debajo de Toronto. Se llama PATH y os lo cuento en #LaBrasaTorrijos 🧵⤵️

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Cada vez que hay un huracán en USA, vemos casas de madera derribadas por el viento. ¿Pero por qué construyen así? Pues porque si lo hubieran hecho de otra manera, no existirían los Estados Unidos y, probablemente, tampoco los rascacielos. Os cuento en #LaBrasaTorrijos 🧵⤵️

Cada vez que hay un huracán en USA, vemos casas de madera derribadas por el viento. ¿Pero por qué construyen así? Pues porque si lo hubieran hecho de otra manera, no existirían los Estados Unidos y, probablemente, tampoco los rascacielos. Os cuento en #LaBrasaTorrijos 🧵⤵️

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He visto este video y realmente me parece extraordinariamente realista, porque es de *esa marca* y no tiene intermitentes.

He visto este video y realmente me parece extraordinariamente realista, porque es de *esa marca* y no tiene intermitentes.

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Cosas que no habría descubierto si no hubiese habido apagón: el dinosaurio de Google resulta que es un vídeojuego. (Y yo soy bastante malo).

Cosas que no habría descubierto si no hubiese habido apagón: el dinosaurio de Google resulta que es un vídeojuego. (Y yo soy bastante malo).

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La Catedral de Teruel es un símbolo del mudéjar. Pero también es un símbolo de Aragón, y de toda la arquitectura española. Un edificio mestizo, cuyo techo apareció en un bombardeo de la Guerra Civil y ahora es Patrimonio de la Humanidad. Esta es la historia. 🧵⤵️

La Catedral de Teruel es un símbolo del mudéjar. Pero también es un símbolo de Aragón, y de toda la arquitectura española. Un edificio mestizo, cuyo techo apareció en un bombardeo de la Guerra Civil y ahora es Patrimonio de la Humanidad. Esta es la historia. 🧵⤵️

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Este es el río Chicago. Un río que, además de vertebrar el centro de la ciudad, presume de una rareza única en el mundo: CORRE AL REVÉS. Es decir, fluye en sentido contrario al que debería. No desemboca en el lago Michigan, sino que, al contrario, nace de él. ¿Por qué? Porque le dieron la vuelta. Hasta mediados del siglo XIX, el río desembocaba en el lago, pero no solo llevaba agua limpia: también arrastraba las aguas sucias de la ciudad, las de los inodoros y las primeras industrias. Y como la ciudad bebía a su vez de ese mismo lago, el resultado era obvio: un cóctel de enfermedades y varios brotes de cólera bastante serios. Así que, a mediados del XIX, Chicago decidió lo impensable: invertir el curso de su propio río. Y lo hizo con una obra de ingeniería monumental. Construyeron cauces artificiales con un lecho más profundo que el natural, levantaron diques y presas, y obligaron al agua a encontrar su nuevo camino. Desde entonces el río Chicago corre en dirección contraria.

Este es el río Chicago. Un río que, además de vertebrar el centro de la ciudad, presume de una rareza única en el mundo: CORRE AL REVÉS. Es decir, fluye en sentido contrario al que debería. No desemboca en el lago Michigan, sino que, al contrario, nace de él. ¿Por qué? Porque le dieron la vuelta. Hasta mediados del siglo XIX, el río desembocaba en el lago, pero no solo llevaba agua limpia: también arrastraba las aguas sucias de la ciudad, las de los inodoros y las primeras industrias. Y como la ciudad bebía a su vez de ese mismo lago, el resultado era obvio: un cóctel de enfermedades y varios brotes de cólera bastante serios. Así que, a mediados del XIX, Chicago decidió lo impensable: invertir el curso de su propio río. Y lo hizo con una obra de ingeniería monumental. Construyeron cauces artificiales con un lecho más profundo que el natural, levantaron diques y presas, y obligaron al agua a encontrar su nuevo camino. Desde entonces el río Chicago corre en dirección contraria.

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En 1915, una mujer le pidió a su marido que le comprase unas cortinas. —Cariño, ¿traes lo que te pedí? —No, pero he comprado otra cosa: un círculo de piedras que, por cierto, es el monumento más famoso de Inglaterra. En #LaBrasaTorrijos, el tipo que regaló Stonehenge. 🧵⤵️

En 1915, una mujer le pidió a su marido que le comprase unas cortinas. —Cariño, ¿traes lo que te pedí? —No, pero he comprado otra cosa: un círculo de piedras que, por cierto, es el monumento más famoso de Inglaterra. En #LaBrasaTorrijos, el tipo que regaló Stonehenge. 🧵⤵️

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En Viena hay seis torres nazis de hormigón: colosales, indestructibles. Fueron fortalezas antiaéreas, pero hoy son acuarios o miradores. Porque la ciudad ha entendido lo que hacer con su pasado: transformar la máquina de guerra en memoria. Os lo cuento en #LaBrasaTorrijos 🧵⤵️

En Viena hay seis torres nazis de hormigón: colosales, indestructibles. Fueron fortalezas antiaéreas, pero hoy son acuarios o miradores. Porque la ciudad ha entendido lo que hacer con su pasado: transformar la máquina de guerra en memoria. Os lo cuento en #LaBrasaTorrijos 🧵⤵️

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Tengo 50 años y he viajado en Business por primera vez. He ido invitado por Iberia (muchísimas gracias, de verdad) y, claro, para mí era como volver a ir al parque de atracciones por primera vez: el sillón que se convierte en cama y que he toqueteado arriba y abajo, la pantalla enorme, la comida estupenda. Pero eso no ha sido lo más importante. Lo más importante, lo que más me ha acompañado han sido las ventanas. Tres. Tres ventanas alineadas solo para mí, abiertas hacia un cielo que no parecía tener fin. No eran simples aperturas en el fuselaje: eran como un pasillo secreto hacia lo inalcanzable, como si de pronto tuviera acceso a una parte del mundo que casi siempre está prohibida. Me asomaba una y otra vez, incapaz de cansarme, como si pudiera entrar en él, como si esas horas flotando fueran realmente un hogar suspendido en el aire. Durante diez horas, ese asiento ha sido mi pequeña casa. Allí he leído sin mirar demasiado las páginas, he mirado sin querer apartar los ojos, he cerrado los párpados un rato solo para comprobar que al abrirlos el cielo seguía ahí, idéntico y distinto, inmutable y cambiante a la vez. Y cada vez que lo hacía, el cielo me devolvía la misma sensación: estaba viajando dentro de un milagro, un milagro que suele pasar desapercibido porque lo cubrimos de rutinas, de horarios, de prisas. Sí, lo he disfrutado con la alegría intacta de quien entra en un parque de atracciones por primera vez, como cuando mi hijo fue al parque acuático con dos años y solo quería mojarse y volver al tobogán, mojarse y volver al tobogán. Con esa mezcla de desconcierto y entusiasmo que no necesita explicaciones. Pero también con la certeza fotográfica de que algunas experiencias llegan tarde, (sobre todo para quienes somos de barrio), pero llegan igual, quizá incluso mejor. Porque cuando lo hacen, lo hacen con la luz intacta, con la misma claridad con la que se mira el cielo abierto de par en par.

Tengo 50 años y he viajado en Business por primera vez. He ido invitado por Iberia (muchísimas gracias, de verdad) y, claro, para mí era como volver a ir al parque de atracciones por primera vez: el sillón que se convierte en cama y que he toqueteado arriba y abajo, la pantalla enorme, la comida estupenda. Pero eso no ha sido lo más importante. Lo más importante, lo que más me ha acompañado han sido las ventanas. Tres. Tres ventanas alineadas solo para mí, abiertas hacia un cielo que no parecía tener fin. No eran simples aperturas en el fuselaje: eran como un pasillo secreto hacia lo inalcanzable, como si de pronto tuviera acceso a una parte del mundo que casi siempre está prohibida. Me asomaba una y otra vez, incapaz de cansarme, como si pudiera entrar en él, como si esas horas flotando fueran realmente un hogar suspendido en el aire. Durante diez horas, ese asiento ha sido mi pequeña casa. Allí he leído sin mirar demasiado las páginas, he mirado sin querer apartar los ojos, he cerrado los párpados un rato solo para comprobar que al abrirlos el cielo seguía ahí, idéntico y distinto, inmutable y cambiante a la vez. Y cada vez que lo hacía, el cielo me devolvía la misma sensación: estaba viajando dentro de un milagro, un milagro que suele pasar desapercibido porque lo cubrimos de rutinas, de horarios, de prisas. Sí, lo he disfrutado con la alegría intacta de quien entra en un parque de atracciones por primera vez, como cuando mi hijo fue al parque acuático con dos años y solo quería mojarse y volver al tobogán, mojarse y volver al tobogán. Con esa mezcla de desconcierto y entusiasmo que no necesita explicaciones. Pero también con la certeza fotográfica de que algunas experiencias llegan tarde, (sobre todo para quienes somos de barrio), pero llegan igual, quizá incluso mejor. Porque cuando lo hacen, lo hacen con la luz intacta, con la misma claridad con la que se mira el cielo abierto de par en par.

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El Sexto Panteón del cementerio bonaerense de la Chacarita es, sencillamente, uno de los lugares más bellos y más estremecedores del mundo. Un espacio casi desconocido que esconde un viaje de luz, emoción y la historia de una mujer. Os la cuento en #LaBrasaTorrijos 🧵⤵️

El Sexto Panteón del cementerio bonaerense de la Chacarita es, sencillamente, uno de los lugares más bellos y más estremecedores del mundo. Un espacio casi desconocido que esconde un viaje de luz, emoción y la historia de una mujer. Os la cuento en #LaBrasaTorrijos 🧵⤵️

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El Hotel Belvedere, en Suiza, es uno de los edificios más fotogénicos del mundo. En medio de una carretera alpina, parece de una peli de Wes Anderson y, sin embargo, está cerrado y abandonado por culpa del coche y del cambio climático. Esta es la historia: en 1882, el empresario Josef Seiler construyó una pequeña posada en una horquilla de la recién abierta carretera del Furka Pass, en los Alpes Suizos. La carretera era cada vez más transitada, así que Seiler amplió varias veces la posada hasta que, en 1907, se convirtió en un hotel con 90 habitaciones. Lo llamó "Hotel Belvedere". En esa época, el hotel era básicamente un establecimiento de lujo donde paraba la alta sociedad, entre otras cosas, para acercarse al glaciar del Ródano, que estaba a apenas unos cientos de metros de la carretera. Con la popularización del alpinismo, el Hotel Belvedere vivió sus momentos de mayor gloria, pero, sin embargo, su declive no tardó en llegar. Tras la 2ª Guerra Mundial, la modernización del coche privado, que permitía cruzar los Alpes en un solo día e incluso menos sin necesidad de hacer paradas para dormir, comenzó a hacer que el Belvedere perdiese atractivo. Su aparición en "Goldfinger", la peli de James Bond del 64, insufló una cierta nueva vida en el Belvedere, pero no fue suficiente porque, para los años 70, el glaciar se había retirado más de un kilómetro de la carretera y las vistas desde el edificio eran mucho menos espectaculares. En vista de la cada vez mayor ausencia de huéspedes, el hotel se cerró en 1980. En 1988 se restauró y volvió a abrirse y, a partir de 2010, encontró un cierto revival precisamente gracias a lo instagrameable que es su imagen. Pero no parece haber sido suficiente. En 2015, el Belvedere volvió a cerrar y ahora solo es un resto abandonado de cuando la montaña era un lugar al que ir y no un decorado por el que pasar a toda velocidad.

El Hotel Belvedere, en Suiza, es uno de los edificios más fotogénicos del mundo. En medio de una carretera alpina, parece de una peli de Wes Anderson y, sin embargo, está cerrado y abandonado por culpa del coche y del cambio climático. Esta es la historia: en 1882, el empresario Josef Seiler construyó una pequeña posada en una horquilla de la recién abierta carretera del Furka Pass, en los Alpes Suizos. La carretera era cada vez más transitada, así que Seiler amplió varias veces la posada hasta que, en 1907, se convirtió en un hotel con 90 habitaciones. Lo llamó "Hotel Belvedere". En esa época, el hotel era básicamente un establecimiento de lujo donde paraba la alta sociedad, entre otras cosas, para acercarse al glaciar del Ródano, que estaba a apenas unos cientos de metros de la carretera. Con la popularización del alpinismo, el Hotel Belvedere vivió sus momentos de mayor gloria, pero, sin embargo, su declive no tardó en llegar. Tras la 2ª Guerra Mundial, la modernización del coche privado, que permitía cruzar los Alpes en un solo día e incluso menos sin necesidad de hacer paradas para dormir, comenzó a hacer que el Belvedere perdiese atractivo. Su aparición en "Goldfinger", la peli de James Bond del 64, insufló una cierta nueva vida en el Belvedere, pero no fue suficiente porque, para los años 70, el glaciar se había retirado más de un kilómetro de la carretera y las vistas desde el edificio eran mucho menos espectaculares. En vista de la cada vez mayor ausencia de huéspedes, el hotel se cerró en 1980. En 1988 se restauró y volvió a abrirse y, a partir de 2010, encontró un cierto revival precisamente gracias a lo instagrameable que es su imagen. Pero no parece haber sido suficiente. En 2015, el Belvedere volvió a cerrar y ahora solo es un resto abandonado de cuando la montaña era un lugar al que ir y no un decorado por el que pasar a toda velocidad.

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Esto redondo que tengo detrás en el video no es una galería de arte ni una casa. Es, oficialmente, el país más pequeño del mundo. Se llama Kugelmugel, y está en medio del Prater de Viena. Su historia, aviso, parece una broma muy elaborada, pero es completamente real: En los años setenta, en el otro extremo de Austria, un artista llamado Edwin Lipburger decidió construirse una casa esférica. Una bola de madera habitable, de unos veinticinco metros cuadrados, que iba a usar como estudio para sus cosas de artista (que, por lo visto, requerían mucha superficie curva). Hasta que apareció la burocracia. Le dijeron que necesitaba licencias, permisos, sellos, tasas… y él, muy digno, contestó que no, que el arte no paga licencias. Que si Austria no lo entendía, se independizaba. Y se independizó. Proclamó la República de Kugelmugel —que significa algo así como “la bola en la colina”—, y se declaró soberano. Diseñó una bandera (la austríaca, pero con los colores del revés), escudo propio, incluso sellos. Austria, en un nada inesperado giro, no lo reconoció. Le cayeron diez meses de cárcel, aunque luego lo indultaron porque todo el asunto se había vuelto demasiado absurdo hasta para los austríacos.

Esto redondo que tengo detrás en el video no es una galería de arte ni una casa. Es, oficialmente, el país más pequeño del mundo. Se llama Kugelmugel, y está en medio del Prater de Viena. Su historia, aviso, parece una broma muy elaborada, pero es completamente real: En los años setenta, en el otro extremo de Austria, un artista llamado Edwin Lipburger decidió construirse una casa esférica. Una bola de madera habitable, de unos veinticinco metros cuadrados, que iba a usar como estudio para sus cosas de artista (que, por lo visto, requerían mucha superficie curva). Hasta que apareció la burocracia. Le dijeron que necesitaba licencias, permisos, sellos, tasas… y él, muy digno, contestó que no, que el arte no paga licencias. Que si Austria no lo entendía, se independizaba. Y se independizó. Proclamó la República de Kugelmugel —que significa algo así como “la bola en la colina”—, y se declaró soberano. Diseñó una bandera (la austríaca, pero con los colores del revés), escudo propio, incluso sellos. Austria, en un nada inesperado giro, no lo reconoció. Le cayeron diez meses de cárcel, aunque luego lo indultaron porque todo el asunto se había vuelto demasiado absurdo hasta para los austríacos.

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Este edificio que tengo detrás es la Torre John Hancock. Un rascacielos que se hundió en el suelo y estuvo a punto de acabar con todos los rascacielos del mundo. Lo más perturbador es que aquel hundimiento lo había predicho una vidente muy famosa, la misma que había anticipado el asesinato de Kennedy, nada menos. El edificio tiene 100 plantas y en 1965, cuando apenas llevaba veinte plantas de construcción, ya se había hundido más de un metro, muchísimo más de lo que nadie esperaba. No era magia, ni profecía: fue una chapuza de la constructora, que ejecutó la cimentación con prisas y acabó provocando el fallo. Se paralizó la obra seis meses, se corrigió lo necesario y, contra todo pronóstico, el gigante se completó. ¿Por qué digo que ese hundimiento estuvo a punto de acabar con todos los rascacielos del mundo? Porque en los años sesenta los superrascacielos eran poco más que quimeras: excesivamente caros, casi inviables. Hasta que un ingeniero de origen bangladesí llamado Fazlur Khan —profesor en el IIT de Chicago, hombre ingenioso, meticuloso, visionario— ideó un sistema que cambiaría la historia: la estructura de tubo con diagonales que veis ahí, que permitía construir un rascacielos de 100 plantas por “solo” 100 millones de dólares. No era solo una ocurrencia técnica, era casi un manifiesto naturalista: inspirado en la resistencia flexible de la caña de bambú, ese tubo con diagonales convertía la fachada en el verdadero esqueleto portante del edificio. Así, si la Torre John Hancock hubiese colapsado, nadie habría querido volver a intentar un superrascacielos. Pero sobrevivió. Y gracias a ello, edificios de 80, 90 o 100 plantas volvieron a multiplicarse por el mundo, todos ellos deudores de aquella primera intuición: un tubo con diagonales, una caña de bambú erigida en acero y vidrio.

Este edificio que tengo detrás es la Torre John Hancock. Un rascacielos que se hundió en el suelo y estuvo a punto de acabar con todos los rascacielos del mundo. Lo más perturbador es que aquel hundimiento lo había predicho una vidente muy famosa, la misma que había anticipado el asesinato de Kennedy, nada menos. El edificio tiene 100 plantas y en 1965, cuando apenas llevaba veinte plantas de construcción, ya se había hundido más de un metro, muchísimo más de lo que nadie esperaba. No era magia, ni profecía: fue una chapuza de la constructora, que ejecutó la cimentación con prisas y acabó provocando el fallo. Se paralizó la obra seis meses, se corrigió lo necesario y, contra todo pronóstico, el gigante se completó. ¿Por qué digo que ese hundimiento estuvo a punto de acabar con todos los rascacielos del mundo? Porque en los años sesenta los superrascacielos eran poco más que quimeras: excesivamente caros, casi inviables. Hasta que un ingeniero de origen bangladesí llamado Fazlur Khan —profesor en el IIT de Chicago, hombre ingenioso, meticuloso, visionario— ideó un sistema que cambiaría la historia: la estructura de tubo con diagonales que veis ahí, que permitía construir un rascacielos de 100 plantas por “solo” 100 millones de dólares. No era solo una ocurrencia técnica, era casi un manifiesto naturalista: inspirado en la resistencia flexible de la caña de bambú, ese tubo con diagonales convertía la fachada en el verdadero esqueleto portante del edificio. Así, si la Torre John Hancock hubiese colapsado, nadie habría querido volver a intentar un superrascacielos. Pero sobrevivió. Y gracias a ello, edificios de 80, 90 o 100 plantas volvieron a multiplicarse por el mundo, todos ellos deudores de aquella primera intuición: un tubo con diagonales, una caña de bambú erigida en acero y vidrio.

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Este es mi último viaje largo del año. Voy a Estocolmo, como antes fui a Chicago, a Viena y a Buenos Aires. Y sí, es trabajo: una especie de misión oficiosa en la que intento que os entren ganas de viajar con Iberia, que son quienes me invitan y a quienes, en una relación un poco hidráulica, les devuelvo el favor enseñándoos lo bonitas que son estas ciudades dónde voy. Pero me he dado cuenta de que, en realidad, lo que hago es creer que estáis aquí conmigo. Antes no se me daba muy bien ponerme en cámara. Me daba vergüenza, pero no una vergüenza poética y elegante, sino una más funcional, más de “¿por qué estoy hablando yo solo delante de un móvil?”. También me daba miedo no tener un guion previo (soy esencialmente un escritor), como si fuera a atascarme, a quedar ortopédico, a detenerme en seco y convertirme, de manera súbita, en ese señor que se queda congelado como una croqueta olvidada en un microondas. Hasta que mi mujer me dijo: “Tío, hazlo como si me lo estuvieras contando a mí. Como si se lo estuvieras contando a Lucas”. Y tenía razón. Por supuesto que la tenía. Por eso os cuento estas historias, cortas y largas, con mi móvil normalero y mi chaqueta de los Dolphins, que ya es prácticamente un personaje secundario en todo esto. Por eso os doy la brasa con las cosas que sé, que aprendo y que me fascinan de un modo casi infantil, como si cada edificio o cada ciudad fuera un juguete raro que quiero enseñaros antes de que se me rompa la emoción entre los dedos. Porque las redes, cuando apuntas la mirada hacia los lugares adecuados, pueden ser un sitio estupendo para contar historias a los amigos.

Este es mi último viaje largo del año. Voy a Estocolmo, como antes fui a Chicago, a Viena y a Buenos Aires. Y sí, es trabajo: una especie de misión oficiosa en la que intento que os entren ganas de viajar con Iberia, que son quienes me invitan y a quienes, en una relación un poco hidráulica, les devuelvo el favor enseñándoos lo bonitas que son estas ciudades dónde voy. Pero me he dado cuenta de que, en realidad, lo que hago es creer que estáis aquí conmigo. Antes no se me daba muy bien ponerme en cámara. Me daba vergüenza, pero no una vergüenza poética y elegante, sino una más funcional, más de “¿por qué estoy hablando yo solo delante de un móvil?”. También me daba miedo no tener un guion previo (soy esencialmente un escritor), como si fuera a atascarme, a quedar ortopédico, a detenerme en seco y convertirme, de manera súbita, en ese señor que se queda congelado como una croqueta olvidada en un microondas. Hasta que mi mujer me dijo: “Tío, hazlo como si me lo estuvieras contando a mí. Como si se lo estuvieras contando a Lucas”. Y tenía razón. Por supuesto que la tenía. Por eso os cuento estas historias, cortas y largas, con mi móvil normalero y mi chaqueta de los Dolphins, que ya es prácticamente un personaje secundario en todo esto. Por eso os doy la brasa con las cosas que sé, que aprendo y que me fascinan de un modo casi infantil, como si cada edificio o cada ciudad fuera un juguete raro que quiero enseñaros antes de que se me rompa la emoción entre los dedos. Porque las redes, cuando apuntas la mirada hacia los lugares adecuados, pueden ser un sitio estupendo para contar historias a los amigos.

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Os presento a la tortuga de mi tía. Es un macho, le llamamos Cofradito.

Os presento a la tortuga de mi tía. Es un macho, le llamamos Cofradito.

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Y te ves obligado a pisarlas para atravesar el espacio. Y cuando las pisas, suenan.

Y te ves obligado a pisarlas para atravesar el espacio. Y cuando las pisas, suenan.

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Esto que tengo delante es una Fanta canadiense, y tiene este color, que la miras y dices, qué fantasía. Y efectivamente, qué fantasía, porque porque la Fanta viene de la palabra "fantasía" y NACIÓ EN LA ALEMANIA NAZI, en serio. Esta es la historia: En 1940, con la guerra en marcha, el bloqueo corta el suministro del jarabe de Coca-Cola a las plantas embotelladoras que la marca tenía en Alemania. Lógico, no era plan de andar surtiendo de Coca-Cola al Tercer Reich. El tipo que llevaba Coca-Cola en Alemania, un alemán al frente de la filial llamado Max Keith, se ve sin producto y dice, vale, no tenemos Coca-Cola, pues habrá que inventarse un refresco nuevo con lo que haya por aquí. Y lo que había en una Alemania en guerra era suero de queso, pulpa de manzana sobrante de la sidra, restos de cosas. Y con eso montó una bebida con sabor a vete tú a saber qué. Se la dio a probar a uno de sus ayudantes, y el hombre le pegó un trago y soltó, "das ist Fantasie", esto es una fantasía. Y no lo decía fantasía de buena, lo decía de cosa imaginaria, irreal, a saber de dónde ha salido esto. Pero el nombre les gustó, le recortaron la cola a la palabra y se quedó en Fanta. La cosa funcionó, y en la posguerra la casa madre de Atlanta decide fabricarla también. Se abren tres ramas. La asiática, que va a su bola. La europea. Y la americana, ojo, no la de Estados Unidos sino la de todo el continente. La europea fue caminando por un montón de regulaciones hasta hoy, y por eso tiene ese color parecido al del zumo de naranja de verdad, y además lleva un porcentaje de zumo, un 8% en España, un 12% en Italia. En cambio este color neón que tengo en la mano tiene que ver con la decisión de un tipo en Atlanta, a principios de los 50, que decidió que la Fanta ya no sería color naranja, sino el ideal platónico del color de una naranja. El naranja que él tenía en la cabeza, a saber cuál. A lo mejor una sanguina de Georgia, a lo mejor una naranja que solo existía en su mente. El caso es que ese color más oscuro, un punto de neón, es el que se replica en Estados Unidos, en Canadá y en casi todo el continente americano. Y un último detalle. En Estados Unidos no hay ninguna regulación sobre el porcentaje de zumo, que es del 0%. Aquí en Canadá creo que es un 0.5%, pero más por quedar bien que por obligación, no están obligados a nada. En Europa sí obligan, y tampoco es que sea mucho. Un 8% en España, pero al menos hay naranja dentro. Aquí lo único naranja es el recuerdo.

Pedro Torrijos

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La obra de Antoni Gaudí se conoce sobre todo por su formidable imagen exterior: curvas, mosaicos, formas voluptuosas que definieron el Modernisme. Pero, ¿y si os dijera que en realidad lo más importante está en lo que no se ve? Esta es la historia: Gaudí repetía que él era el último maestro de obra del Gótico, y casi le creías. Pero mentía, o se mentía a sí mismo. ¿Por qué? Pues porque el Gótico sostiene la piedra desde fuera. La apuntala con arbotantes y pináculos, todo un aparato externo que explica que la estructura no se aguanta sola. Gaudí hacía lo contrario. Metía el cálculo dentro de la forma, donde no se ve. Para hacerlo usaba la maqueta polifunicular, que esencialmente eran cuerdas colgadas del techo, saquitos de perdigones atados a hilos. La gravedad tirando hacia abajo, dibujando sola la curva que un peso describe cuando pende de dos puntos. Una catenaria, la forma autoportante perfecta, un arco que copia a una cadena colgada e invertida, que no necesita que nadie lo sujete porque la geometría ya es la estructura. En la cripta de la Colònia Güell montó el modelo entero así, una maraña de cuerdas y plomo pendiendo del techo del taller. Lo fotografiaba, le daba la vuelta a la imagen y lo que colgaba en tracción quedaba de pie en compresión pura. Un ordenador de gravedad resolviendo a mano lo que hoy haría un complejísimo programa informático. Esa curva está en todas partes una vez sabes mirarla: en los arcos del desván de la Casa Milà, esa hilera de costillas de ballena que sostiene la azotea de las chimeneas, en los pórticos inclinados del Parc Güell, columnas que se tuercen siguiendo la línea exacta por donde baja la carga, en los pilares de la Casa Batlló, que se ensanchan como huesos. Gaudí calculaba con las curvas, no decoraba con ellas. La forma voluptuosa que todo el mundo fotografía es, por debajo, puro cálculo. Y no miraba hacia atrás, hacia el Gótico, miraba a un sitio donde todavía no había nadie. Porque esa misma catenaria invertida es la que Eero Saarinen levantaría en San Luis medio siglo después. 200 metros de acero que parecen el futuro y que obedecen a la ley de los saquitos de perdigones del taller barcelonés donde trabajaba. Toda su obra está ahí, en la idea de que la forma nace de su inverso. De que para construir algo primero hay que darle la vuelta. Cuelgas para que se sostenga en pie. Grabas en hueco para que salga en relieve. Por eso, cuando en la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre acaban de emitir una colección de monedas para conmemorar el centenario de la muerte de Gaudí, he pensado que esta era la mejor manera de contarlo. Porque así es como se acuña una moneda: grabando un hueco para que la forma emerja. Siete monedas, en oro y en plata, donde la Sagrada Família, el Parc Güell y la Casa Milà caben en unos centímetros de metal. El troquel trabaja el negativo, la moneda devuelve el positivo.

Pedro Torrijos

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Cuando Napoleón fue a Egipto, su objetivo era derrotar a los británicos. No lo consiguió, pero su expedición hizo algo mucho más importante: definió la manera en que representamos —y comprendemos— esa parte del mundo. ¿Por qué? Esta es la historia: En 1798, Napoleón Bonaparte, al mando de un ejército de 40.000 hombres, desembarcó en Alejandría para frenar la expansión británica hacia la India. Allí, casi sin proponérselo, los franceses dejaron un legado más profundo y duradero, porque junto a los miles de soldados que cruzaron el Mediterráneo viajaba un contingente insólito para una operación bélica: unos 160 científicos, ingenieros, dibujantes, naturalistas, arquitectos e ilustradores. Se llamó Commission des Sciences et des Arts y convirtió la ocupación en una expedición de conocimiento. Sus investigaciones cristalizaron en la monumental Description de l’Égypte, publicada a partir de 1809. Una obra enciclopédica que desplegaba grabados minuciosos donde las pirámides emergían en soledad y los templos aparecían limpios, aislados, casi ceremoniales. Esa visión —científica en método pero romántica en estética— fijó un imaginario que Europa adoptó con entusiasmo: un Egipto monumental y silencioso, separado de la vida moderna. Inauguró una manera de mirar Egipto que condicionaría cómo Occidente lo describiría y lo entendería hasta hoy. Porque cuando llegaron las primeras fotografías, a mediados del siglo XIX, los fotógrafos ya estaban condicionados por esos grabados. Repitieron encuadres, distancias y paisajes despejados, reforzando la imagen de un país detenido en el tiempo. Ese molde visual ha sobrevivido dos siglos. Hoy, incluso con móviles, seguimos retratando las pirámides como si estuvieran perdidas en el desierto, ignorando que a pocos metros se extiende una metrópolis de casi diez millones de habitantes. Preferimos el exotismo de postal, la ilusión de una antigüedad pura. La paradoja es que la campaña de Napoleón fracasó, pero su mirada triunfó. Fue aquella expedición científica —más que la militar— la que realmente conquistó Egipto en la imaginación occidental. Porque esa pulsión por capturar el conocimiento, por describir el mundo, también modeló el mundo. Lo hizo Piranesi con sus Vistas de Roma de mediados del XVIII, donde combinaba precisión arqueológica e imaginación. Esas estampas anticipaban la fotografía de viaje y definirían la imagen que aún se tiene de la Roma monumental. Lo hicieron Diderot y d’Alembert en su monumental Enciclopedia. El primer intento del ser humano por explicar todos los ámbitos de la realidad. Incluso hoy, cuando disponemos de medios tecnológicos para capturar con fidelidad esa realidad, seguimos intentando describirla con nuevas miradas. Como la instalación Tulips, de la artista Anna Ridler, que ha alimentado una Inteligencia Artificial con mil fotografías de tulipanes perfectamente clasificadas para intentar encontrar cual es el modelo automático que define una flor. O lo que ha hecho Davide Quayola con su instalación Storms, que parece un video de los acantilados de Cornualles pero, en realidad, es una composición digital que no imita la naturaleza, sino que la traduce en vectores, intensidades y flujos de color. Una representación algorítmica y abstracta de la realidad. Todas estas imágenes y todo este conocimiento forman parte de la exposición “El sueño de la razón. Del Siglo de las Luces a la inteligencia artificial”, que está abierta hasta el 5 de abril en el Espacio Fundación Telefónica de Madrid (Espacio Fundación Telefónica) y que, de verdad, os recomiendo visitar porque es un viaje que os va a cambiar la manera de entender nuestro mundo.

Pedro Torrijos

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