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Edgardo Rovira

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La realidad es todo eso que pasa por fuera de los medios y las redes sociales. Pero, acá estamos. Comunicación Digital/Periodismo político y económico.

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Warner dijo “Nada conduciría más a la destrucción absoluta de la OTAN que una acción agresiva de Estados Unidos contra un aliado de larga data como Dinamarca”. Schumer agregó “Pedí garantías de que no planeaban operaciones en otros países como Colombia y Cuba, y me decepcionó muchísimo su respuesta”. Mientras buena parte del mundo finge normalidad, o mira para otro lado temeroso de represalias, desde la Casa Blanca insisten en repetir con una liviandad obscena eso de invadir países, presionar aliados y apropiarse de recursos ajenos como si fuera una prerrogativa natural del poder. Trump no está improvisando, está diciendo en voz alta lo que durante décadas se hizo en voz baja, y lo hace con una impunidad que ya no intenta disimularse. Está desbocado Lo que llama la atención es que las señales de alarma no vienen de gobiernos enfrentados ni de potencias rivales, surgen desde el propio sistema político estadounidense, donde incluso legisladores de ese país advierten sobre el rumbo que está tomando esta deriva. Que estas advertencias provengan desde representantes políticos norteamericanos no atenúa la gravedad, la multiplica. Lo que queda expuesto es una lógica imperial que se siente habilitada a amenazar aliados, a proyectar intervenciones y a disputar territorios y riquezas sin enfrentar frenos efectivos. Cuando incluso figuras del oficialismo o del establishment reconocen que no obtienen garantías mínimas, el problema deja de ser retórico y se vuelve estructural. Lo más inquietante no es solo el contenido de estas declaraciones, sino el marco de aceptación internacional que las rodea. La amenaza explícita de agresión, aun formulada por el presidente de una potencia central, sigue encontrando silencio, prudencia diplomática o simple resignación. Esa tolerancia sostiene una desigualdad obscena en la forma en que se mide la violencia global. La pregunta no es exagerada ni efectista, es política y urgente. ¿Nadie va a hacer nada?

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Hay un razonamiento que aparece con claridad en quienes apoyan la gestión aun cuando reconocen que ahora están peor. La idea que ordena el discurso es que el problema nunca fue estar mal. El problema era que otros estaban mejor sin merecerlo. Que el comercio caiga, que el salario rinda menos o que el trabajo falte entra en una lógica de corrección moral. El deterioro propio se vuelve tolerable bajo la creencia de que alguien más pierde un privilegio ilegítimo. La sensación de castigo funciona como alivio simbólico. Se asume que el verdadero sufrimiento pertenece al que pierde algo que no debía tener. En ese marco estar peor deja de ser una señal de fracaso para transformarse en una prueba de justicia. El ajuste se vive como pedagogía social. La política dejó de prometer bienestar para pasar a administrar culpas. El mecanismo de negación radica en creer que el daño siempre le pertenece a otro. El cuerpo propio siente el impacto de las medidas económicas y la mente lo procesa como un ordenamiento necesario de las jerarquías sociales. Esa tolerancia tiene un límite biológico marcado por la urgencia. Ese equilibrio ya muestra señales de agotamiento. La pérdida es reconocida, el deterioro es dicho en voz alta y la experiencia cotidiana empieza a tensar el argumento que la justificaba. Mientras el castigo al otro conserve eficacia simbólica, el malestar propio puede seguir siendo soportado. Cuando esa compensación moral deje de alcanzar, cuando la sensación de justicia no logre cubrir la urgencia material, el razonamiento empieza a resquebrajarse y la adhesión queda expuesta a un giro.

Edgardo Rovira

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La escena en el Congreso dejó en evidencia algo que la Policía Federal no supo procesar. Diez personas sentadas en inodoros sobre la escalinata principal, reclamando por la #LeyDeGlaciares, construyeron una imagen incómoda por lo que mostraba, legisladores que miran para otro lado y fuerzas de seguridad que, con todo su despliegue, quedaron expuestas. Tanta policía, tanto servicio, tanta “inteligencia”, tanto control, y se les metieron manifestantes que defienden la vida y el agua de los argentinos. Después vinieron los golpes a un camarógrafo, el gas a periodistas, las detenciones, la incomunicación. Eso es desorden y falta de criterio en cualquier contexto. La ministra de Seguridad Alejandra Monteoliva queda alcanzada por esa responsabilidad. La frustración institucional no habilita abusos ni arrestos desproporcionados. Si no hubo violencia ni daño concreto, sostener esas detenciones resulta difícil de justificar y la Justicia debería actuar con rapidez. También corresponde revisar el accionar de los efectivos que participaron del operativo, sé que comenzaron con sumarios, pero desde el jefe del operativo hasta el agente de calle debe ser investigado. En resumen: lo que ocurrió fue una intervención simbólica, pensada, sin agresiones. Sin romper nada ni lastimar a nadie logró algo que muchas veces no se consigue con grandes discursos, ni grandes marchas, poner el tema en el centro de la escena y obligar a que se discuta lo que está por votarse en el Senado.

Edgardo Rovira

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