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Alfredo García. Licencia Operador Reactor y Supervisor. Ingeniero Telecomunicaciones. Comunicación Audiovisual. Divulgador. Conferenciante. Consultor @IAEAorg

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♻️ Energías renovables ☢️ Energía nuclear

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En Brasil 🇧🇷 existe una playa famosa por algo más que su paisaje. Se llama Guarapari, en el estado de Espírito Santo, y sus arenas oscuras contienen monacita, un mineral rico en torio y uranio. En la zona de Areia Preta se han medido tasas de radiación de hasta 20 microsieverts por hora (µSv/h), cuando la radiación de fondo en la mayor parte del mundo apenas llega a 0,1 o 0,3. Esto significa que alguien que pasara seis horas diarias en los puntos más radiactivos de Guarapari alcanzaría en unos seis meses el límite anual de dosis permitido para trabajadores de una central nuclear, fijado en 20 milisieverts (mSv). Es un dato llamativo, pero no una invitación a banalizar los riesgos: la radiación, como cualquier agente físico, conviene comprenderla, medirla y, siempre que sea posible, reducirla. Lo interesante es que, a pesar de esas dosis elevadas, los estudios epidemiológicos realizados en Guarapari no han encontrado un aumento significativo de cánceres ni de anomalías congénitas frente a otras ciudades brasileñas. Esto no significa que la radiación sea inocua, sino que la relación entre dosis y efectos es más compleja de lo que a menudo se transmite en el debate público. La radiactividad natural nos acompaña siempre: respiramos radón (que puede minimizarse ventilando bien los sótanos en zonas graníticas), recibimos rayos cósmicos (la dosis aumenta con la altitud, especialmente al volar en avión), e ingerimos potasio-40 y carbono-14 con los alimentos (sin que se hayan constatado daños en la salud humana por ello). En total, el 80% de la dosis anual que recibimos procede de fuentes naturales, mientras que la energía nuclear, sus residuos y los accidentes apenas suponen un 0,2%. Comprender estos datos no implica restar importancia a la radiactividad, sino ponerla en contexto. Solo así podremos aplicar la regla fundamental: minimizar las dosis innecesarias, pero sin miedo irracional a una realidad que nos acompaña desde siempre.

En Brasil 🇧🇷 existe una playa famosa por algo más que su paisaje. Se llama Guarapari, en el estado de Espírito Santo, y sus arenas oscuras contienen monacita, un mineral rico en torio y uranio. En la zona de Areia Preta se han medido tasas de radiación de hasta 20 microsieverts por hora (µSv/h), cuando la radiación de fondo en la mayor parte del mundo apenas llega a 0,1 o 0,3. Esto significa que alguien que pasara seis horas diarias en los puntos más radiactivos de Guarapari alcanzaría en unos seis meses el límite anual de dosis permitido para trabajadores de una central nuclear, fijado en 20 milisieverts (mSv). Es un dato llamativo, pero no una invitación a banalizar los riesgos: la radiación, como cualquier agente físico, conviene comprenderla, medirla y, siempre que sea posible, reducirla. Lo interesante es que, a pesar de esas dosis elevadas, los estudios epidemiológicos realizados en Guarapari no han encontrado un aumento significativo de cánceres ni de anomalías congénitas frente a otras ciudades brasileñas. Esto no significa que la radiación sea inocua, sino que la relación entre dosis y efectos es más compleja de lo que a menudo se transmite en el debate público. La radiactividad natural nos acompaña siempre: respiramos radón (que puede minimizarse ventilando bien los sótanos en zonas graníticas), recibimos rayos cósmicos (la dosis aumenta con la altitud, especialmente al volar en avión), e ingerimos potasio-40 y carbono-14 con los alimentos (sin que se hayan constatado daños en la salud humana por ello). En total, el 80% de la dosis anual que recibimos procede de fuentes naturales, mientras que la energía nuclear, sus residuos y los accidentes apenas suponen un 0,2%. Comprender estos datos no implica restar importancia a la radiactividad, sino ponerla en contexto. Solo así podremos aplicar la regla fundamental: minimizar las dosis innecesarias, pero sin miedo irracional a una realidad que nos acompaña desde siempre.

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Lo que estás viendo es el Advanced Test Reactor (ATR) del Idaho National Laboratory (INL), considerado el reactor de investigación más grande y potente del mundo. Entró en funcionamiento en 1967 y su misión es acelerar el desarrollo de la tecnología nuclear. Es un reactor refrigerado y moderado por agua ligera que alcanza una potencia térmica máxima de 250 MW. Utiliza combustible de uranio altamente enriquecido (HEU), con un 93% de uranio-235, aunque está previsto sustituirlo en el futuro por combustible de bajo enriquecimiento. Su singular diseño permite crear diferentes niveles de flujo neutrónico en un mismo núcleo, con 68 posiciones experimentales donde se ensayan simultáneamente combustibles, materiales y componentes en condiciones extremas, equivalentes a décadas de funcionamiento de un reactor comercial. El intenso resplandor azul que se aprecia en el vídeo es radiación de Cherenkov. Se trata de un fenómeno físico similar al estampido sónico. Cuando los electrones generados por la radiación atraviesan el agua a una velocidad superior a la de la luz en ese medio (aunque siempre muy inferior a la velocidad de la luz en el vacío), emiten ese característico destello azul. Gracias al ATR se desarrollan combustibles más resistentes, materiales para reactores avanzados, nuevos radioisótopos de uso médico y tecnologías para la industria nuclear y el programa espacial. Es una de esas instalaciones que rara vez aparecen en los medios, pero que llevan casi seis décadas contribuyendo silenciosamente a mejorar la seguridad, el rendimiento y la innovación de la energía nuclear.

Lo que estás viendo es el Advanced Test Reactor (ATR) del Idaho National Laboratory (INL), considerado el reactor de investigación más grande y potente del mundo. Entró en funcionamiento en 1967 y su misión es acelerar el desarrollo de la tecnología nuclear. Es un reactor refrigerado y moderado por agua ligera que alcanza una potencia térmica máxima de 250 MW. Utiliza combustible de uranio altamente enriquecido (HEU), con un 93% de uranio-235, aunque está previsto sustituirlo en el futuro por combustible de bajo enriquecimiento. Su singular diseño permite crear diferentes niveles de flujo neutrónico en un mismo núcleo, con 68 posiciones experimentales donde se ensayan simultáneamente combustibles, materiales y componentes en condiciones extremas, equivalentes a décadas de funcionamiento de un reactor comercial. El intenso resplandor azul que se aprecia en el vídeo es radiación de Cherenkov. Se trata de un fenómeno físico similar al estampido sónico. Cuando los electrones generados por la radiación atraviesan el agua a una velocidad superior a la de la luz en ese medio (aunque siempre muy inferior a la velocidad de la luz en el vacío), emiten ese característico destello azul. Gracias al ATR se desarrollan combustibles más resistentes, materiales para reactores avanzados, nuevos radioisótopos de uso médico y tecnologías para la industria nuclear y el programa espacial. Es una de esas instalaciones que rara vez aparecen en los medios, pero que llevan casi seis décadas contribuyendo silenciosamente a mejorar la seguridad, el rendimiento y la innovación de la energía nuclear.

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«Para ser un consejero o consejera del Consejo de Seguridad Nuclear, independiente y neutral, no es imprescindible tener conocimientos técnicos extraordinarios en esta materia, aunque evidentemente ayuda. Pero cuidado, que a lo mejor tener demasiados conocimientos, también es contraproducente», dice Pilar Lucio, licenciada en Ciencias Políticas y Sociología, y consejera del CSN desde hace seis años, a propuesta del PSOE. El artículo 5 de la Ley 15/1980, de 22 de abril, de creación del Consejo de Seguridad Nuclear, establece: «El Presidente y Consejeros del Consejo de Seguridad Nuclear serán designados entre personas de conocida solvencia en las materias encomendadas al Consejo como las especialidades de seguridad nuclear, tecnología, protección radiológica y del medio ambiente, medicina, legislación o cualquier otra conexa con las anteriores, así como en energía en general o seguridad industrial, valorándose especialmente su independencia y objetividad de criterio.» Pilar Lucio realizaba estas declaraciones en defensa de la candidatura de su compañera de partido Silvia Calzón, médica epidemióloga, ex secretaria de Estado de Sanidad con Salvador Illa, ex directora de la Comisión Antidopaje y, actualmente, directora del Departamento de Atención y Respuesta a la Ciudadanía del Gabinete de Pedro Sánchez en Moncloa.

«Para ser un consejero o consejera del Consejo de Seguridad Nuclear, independiente y neutral, no es imprescindible tener conocimientos técnicos extraordinarios en esta materia, aunque evidentemente ayuda. Pero cuidado, que a lo mejor tener demasiados conocimientos, también es contraproducente», dice Pilar Lucio, licenciada en Ciencias Políticas y Sociología, y consejera del CSN desde hace seis años, a propuesta del PSOE. El artículo 5 de la Ley 15/1980, de 22 de abril, de creación del Consejo de Seguridad Nuclear, establece: «El Presidente y Consejeros del Consejo de Seguridad Nuclear serán designados entre personas de conocida solvencia en las materias encomendadas al Consejo como las especialidades de seguridad nuclear, tecnología, protección radiológica y del medio ambiente, medicina, legislación o cualquier otra conexa con las anteriores, así como en energía en general o seguridad industrial, valorándose especialmente su independencia y objetividad de criterio.» Pilar Lucio realizaba estas declaraciones en defensa de la candidatura de su compañera de partido Silvia Calzón, médica epidemióloga, ex secretaria de Estado de Sanidad con Salvador Illa, ex directora de la Comisión Antidopaje y, actualmente, directora del Departamento de Atención y Respuesta a la Ciudadanía del Gabinete de Pedro Sánchez en Moncloa.

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Aunque parezca increíble, lo que estás viendo en estas imágenes es, de forma indirecta, la RADIACTIVIDAD. El uranio es un emisor alfa. Eso significa que algunos de sus núcleos son inestables y, al desintegrarse, expulsan partículas alfa: pequeños núcleos de helio formados por dos protones y dos neutrones. Son partículas relativamente pesadas dentro del mundo subatómico y viajan a gran velocidad, aunque recorren distancias muy cortas. Para poder observar su paso se utiliza un dispositivo tan sencillo como ingenioso: la cámara de niebla, también conocida como cámara de Wilson. Básicamente es una caja transparente que contiene vapor de agua en un estado muy peculiar. El vapor está subenfriado y sobresaturado, es decir, mantiene más vapor del que debería en condiciones normales. Es una situación inestable, como si el agua estuviera esperando cualquier excusa para condensarse. Y esa excusa llega cuando atraviesa el interior una partícula cargada procedente de la radiación. Al pasar, la partícula ioniza el vapor, arrancando electrones de las moléculas de aire. Esos iones actúan como diminutos núcleos de condensación. El vapor de agua se agrupa alrededor de ellos formando minúsculas gotas. El resultado es una fina estela de niebla que dibuja la trayectoria de la partícula, como si dejara un rastro en el aire. Cada línea que aparece en la cámara es la huella visible de un fenómeno que normalmente ocurre en el mundo invisible de lo subatómico. Así que, en realidad, estás viendo el rastro que deja la radiactividad al atravesar el aire. Vídeo de The Overview Effect Podcast.

Aunque parezca increíble, lo que estás viendo en estas imágenes es, de forma indirecta, la RADIACTIVIDAD. El uranio es un emisor alfa. Eso significa que algunos de sus núcleos son inestables y, al desintegrarse, expulsan partículas alfa: pequeños núcleos de helio formados por dos protones y dos neutrones. Son partículas relativamente pesadas dentro del mundo subatómico y viajan a gran velocidad, aunque recorren distancias muy cortas. Para poder observar su paso se utiliza un dispositivo tan sencillo como ingenioso: la cámara de niebla, también conocida como cámara de Wilson. Básicamente es una caja transparente que contiene vapor de agua en un estado muy peculiar. El vapor está subenfriado y sobresaturado, es decir, mantiene más vapor del que debería en condiciones normales. Es una situación inestable, como si el agua estuviera esperando cualquier excusa para condensarse. Y esa excusa llega cuando atraviesa el interior una partícula cargada procedente de la radiación. Al pasar, la partícula ioniza el vapor, arrancando electrones de las moléculas de aire. Esos iones actúan como diminutos núcleos de condensación. El vapor de agua se agrupa alrededor de ellos formando minúsculas gotas. El resultado es una fina estela de niebla que dibuja la trayectoria de la partícula, como si dejara un rastro en el aire. Cada línea que aparece en la cámara es la huella visible de un fenómeno que normalmente ocurre en el mundo invisible de lo subatómico. Así que, en realidad, estás viendo el rastro que deja la radiactividad al atravesar el aire. Vídeo de The Overview Effect Podcast.

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En ocasiones me siento así.

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Mi día a día en las redes sociales.

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El diputado del Partido Popular Guillermo Mariscal Guillermo Mariscal pregunta a Mario Ruiz-Tagle, CEO de Iberdrola España, durante la comisión de investigación del Senado sobre el apagón del 28 de abril de 2025: —El día anterior, el día 27, ¿Red Eléctrica podría haber comunicado a Iberdrola la necesidad de aumentar la capacidad de carga de Almaraz 1 hasta el 100%? —Sí, claro. —Si esto hubiese sido así, ¿la posibilidad de que el apagón se hubiese suscitado en esa zona suroeste era mayor o menor?. —Probablemente menor.

El diputado del Partido Popular Guillermo Mariscal Guillermo Mariscal pregunta a Mario Ruiz-Tagle, CEO de Iberdrola España, durante la comisión de investigación del Senado sobre el apagón del 28 de abril de 2025: —El día anterior, el día 27, ¿Red Eléctrica podría haber comunicado a Iberdrola la necesidad de aumentar la capacidad de carga de Almaraz 1 hasta el 100%? —Sí, claro. —Si esto hubiese sido así, ¿la posibilidad de que el apagón se hubiese suscitado en esa zona suroeste era mayor o menor?. —Probablemente menor.

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Con mi equipo nuclear y los valores que representa.

Con mi equipo nuclear y los valores que representa.

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En 1965, en plena Guerra Fría, la CIA y parte del aparato de seguridad indio ascendieron al Nanda Devi, una de las montañas más duras del Himalaya, con un objetivo tan simple como inquietante: espiar a China desde el techo del mundo. No llevaban solo antenas y un transceptor. Transportaban un generador portátil SNAP 19C, un generador termoeléctrico de radioisótopos de unos 22 kg, diseñado en laboratorios secretos para alimentar durante años una estación de escucha en condiciones extremas. La idea era aprovechar la altitud para interceptar telemetría de misiles, señales que viajan con el cohete y regresan al control de misión con datos de velocidad, altitud y trayectoria. Para eso se necesitaba energía constante, y se recurrió a cápsulas de plutonio-238 que transforman calor en electricidad mediante termopares, la misma tecnología que ha mantenido operativas numerosas misiones espaciales durante décadas. La montaña no colaboró. Cuando el equipo se preparaba para atacar la cumbre, el tiempo se volvió incontrolable. Ventisca, nubes, visibilidad nula. El capitán Kohli, al mando indio sobre el terreno, tomó la decisión crítica: salvar a los hombres y abandonar el equipo. El generador quedó asegurado en un saliente de hielo cerca del Camp Four. Meses después regresaron. El saliente había desaparecido. Probablemente una avalancha se lo llevó todo. Desde entonces, el dispositivo no ha vuelto a aparecer. A partir de ahí se impuso el silencio: décadas de archivos clasificados, diplomacia discreta y maniobras políticas para evitar tensiones entre Washington y Nueva Delhi. La preocupación principal siempre fue la misma: esos glaciares alimentan las cabeceras del sistema del Ganges, vital para cientos de millones de personas. No existe riesgo de explosión nuclear porque el plutonio-238 no fisiona como el Pu-239 o el U-235 . Pero sí es peligroso si se inhala o se ingiere en forma de partículas. Hoy, con el deshielo acelerado y mayor actividad humana en la zona, la inquietud cambia de forma: que el dispositivo emerja, que alguien lo manipule o que parte del material acabe en un arma sucia, más útil para sembrar pánico que para causar daño masivo.

En 1965, en plena Guerra Fría, la CIA y parte del aparato de seguridad indio ascendieron al Nanda Devi, una de las montañas más duras del Himalaya, con un objetivo tan simple como inquietante: espiar a China desde el techo del mundo. No llevaban solo antenas y un transceptor. Transportaban un generador portátil SNAP 19C, un generador termoeléctrico de radioisótopos de unos 22 kg, diseñado en laboratorios secretos para alimentar durante años una estación de escucha en condiciones extremas. La idea era aprovechar la altitud para interceptar telemetría de misiles, señales que viajan con el cohete y regresan al control de misión con datos de velocidad, altitud y trayectoria. Para eso se necesitaba energía constante, y se recurrió a cápsulas de plutonio-238 que transforman calor en electricidad mediante termopares, la misma tecnología que ha mantenido operativas numerosas misiones espaciales durante décadas. La montaña no colaboró. Cuando el equipo se preparaba para atacar la cumbre, el tiempo se volvió incontrolable. Ventisca, nubes, visibilidad nula. El capitán Kohli, al mando indio sobre el terreno, tomó la decisión crítica: salvar a los hombres y abandonar el equipo. El generador quedó asegurado en un saliente de hielo cerca del Camp Four. Meses después regresaron. El saliente había desaparecido. Probablemente una avalancha se lo llevó todo. Desde entonces, el dispositivo no ha vuelto a aparecer. A partir de ahí se impuso el silencio: décadas de archivos clasificados, diplomacia discreta y maniobras políticas para evitar tensiones entre Washington y Nueva Delhi. La preocupación principal siempre fue la misma: esos glaciares alimentan las cabeceras del sistema del Ganges, vital para cientos de millones de personas. No existe riesgo de explosión nuclear porque el plutonio-238 no fisiona como el Pu-239 o el U-235 . Pero sí es peligroso si se inhala o se ingiere en forma de partículas. Hoy, con el deshielo acelerado y mayor actividad humana en la zona, la inquietud cambia de forma: que el dispositivo emerja, que alguien lo manipule o que parte del material acabe en un arma sucia, más útil para sembrar pánico que para causar daño masivo.

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Todos estamos expuestos a radiactividad cada día, y la mayoría proviene de fuentes naturales. El 80% de la dosis anual que recibimos es de origen natural. La mitad corresponde al radón, un gas radiactivo que se libera de las rocas por desintegración radiactiva del uranio. También recibimos dosis de los minerales radiactivos que contiene el suelo, de los rayos cósmicos y de los alimentos, que contienen potasio-40 y carbono-14. El 20% restante corresponde a fuentes artificiales, prácticamente todo de la medicina nuclear. De hecho, la operación de las centrales nucleares y sus residuos, los accidentes nucleares y los ensayos de bombas atómicas del siglo pasado solo aportan el 0,2% de la dosis radiactiva que recibimos. En algunos lugares, como la playa de Guarapari, en Brasil, los bañistas están expuestos a niveles de radiación de fondo 10 veces más altos que la media mundial, y los estudios epidemiológicos no han detectado un aumento en la incidencia del cáncer. Vivimos con radiación desde siempre, ya sea en nuestras casas o cuando volamos en avión. Nosotros mismos somos radiactivos. Entonces, si la radiación natural está presente en todas partes, ¿por qué nos preocupa tanto la radiación producida por la energía nuclear? Ha llegado el momento de analizar estos riesgos de manera más objetiva y basada en la ciencia.

Todos estamos expuestos a radiactividad cada día, y la mayoría proviene de fuentes naturales. El 80% de la dosis anual que recibimos es de origen natural. La mitad corresponde al radón, un gas radiactivo que se libera de las rocas por desintegración radiactiva del uranio. También recibimos dosis de los minerales radiactivos que contiene el suelo, de los rayos cósmicos y de los alimentos, que contienen potasio-40 y carbono-14. El 20% restante corresponde a fuentes artificiales, prácticamente todo de la medicina nuclear. De hecho, la operación de las centrales nucleares y sus residuos, los accidentes nucleares y los ensayos de bombas atómicas del siglo pasado solo aportan el 0,2% de la dosis radiactiva que recibimos. En algunos lugares, como la playa de Guarapari, en Brasil, los bañistas están expuestos a niveles de radiación de fondo 10 veces más altos que la media mundial, y los estudios epidemiológicos no han detectado un aumento en la incidencia del cáncer. Vivimos con radiación desde siempre, ya sea en nuestras casas o cuando volamos en avión. Nosotros mismos somos radiactivos. Entonces, si la radiación natural está presente en todas partes, ¿por qué nos preocupa tanto la radiación producida por la energía nuclear? Ha llegado el momento de analizar estos riesgos de manera más objetiva y basada en la ciencia.

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A ver si así lo entienden...

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Disponible en YouTube mi charla EL RENACIMIENTO DE LA ENERGÍA NUCLEAR, presentada en Andorra Economic Forum. Mi visión sobre el papel decisivo que la energía nuclear desempeñará en el futuro energético de la humanidad.

Disponible en YouTube mi charla EL RENACIMIENTO DE LA ENERGÍA NUCLEAR, presentada en Andorra Economic Forum. Mi visión sobre el papel decisivo que la energía nuclear desempeñará en el futuro energético de la humanidad.

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El pasado fin de semana participé en el Andorra Economic Forum 2025 con una charla titulada “El renacimiento de la energía nuclear”, en la que expuse por qué esta tecnología está viviendo una nueva era en todo el mundo… salvo en España. La energía nuclear proporciona el 10 % de la electricidad mundial, el 20 % en España y casi el 50 % de la electricidad baja en emisiones de la UE. En plena crisis climática y energética, más de 30 países operan reactores nucleares y otros 30 están construyendo o planificando nuevos, desde grandes centrales hasta pequeños reactores modulares. Desmonté algunos mitos: expliqué por qué que la energía nuclear es tan sostenible como las renovables, con emisiones igual de bajas y una mortalidad equiparable, muy inferior a la de cualquier otra fuente energética. Hablé de la gestión segura y responsable de los residuos, de los enormes recursos de uranio, y de cómo cada vez más gobiernos y organismos reconocen la necesidad de triplicar la potencia nuclear para alcanzar los objetivos climáticos y energéticos de la humanidad. Comenté los avances en pequeños reactores modulares (SMR), adaptables a redes flexibles o zonas remotas, y en reactores avanzados que reciclan residuos radiactivos, reduciendo su volumen y aprovechando mejor los recursos. También hablé de innovación, flexibilidad, y del papel clave de los reactores de investigación para la medicina nuclear, incluso en la exploración espacial. Y sí, también hablé de España. De cómo nuestras centrales nucleares, entre las más seguras del mundo, tienen previsto su cierre por decisión del Gobierno, basándose en argumentos prefabricados sobre residuos, costes o flexibilidad. Si nada lo impide, serán sustituidas por ciclos combinados de gas, justo cuando más necesitamos energía limpia, abundante y estable. Además, presenté por primera vez la cubierta de la edición en inglés de mi primer libro, “Nuclear power will save the world”, que pronto estará disponible en Amazon, creada por mi diseñador gráfico, mi hijo Álvaro. Gracias a todo el equipo del Andorra Economic Forum por la invitación y la magnífica hospitalidad, al resto de ponentes, y a todos los que llenasteis el Centre de Congressos d’Andorra la Vella.

El pasado fin de semana participé en el Andorra Economic Forum 2025 con una charla titulada “El renacimiento de la energía nuclear”, en la que expuse por qué esta tecnología está viviendo una nueva era en todo el mundo… salvo en España. La energía nuclear proporciona el 10 % de la electricidad mundial, el 20 % en España y casi el 50 % de la electricidad baja en emisiones de la UE. En plena crisis climática y energética, más de 30 países operan reactores nucleares y otros 30 están construyendo o planificando nuevos, desde grandes centrales hasta pequeños reactores modulares. Desmonté algunos mitos: expliqué por qué que la energía nuclear es tan sostenible como las renovables, con emisiones igual de bajas y una mortalidad equiparable, muy inferior a la de cualquier otra fuente energética. Hablé de la gestión segura y responsable de los residuos, de los enormes recursos de uranio, y de cómo cada vez más gobiernos y organismos reconocen la necesidad de triplicar la potencia nuclear para alcanzar los objetivos climáticos y energéticos de la humanidad. Comenté los avances en pequeños reactores modulares (SMR), adaptables a redes flexibles o zonas remotas, y en reactores avanzados que reciclan residuos radiactivos, reduciendo su volumen y aprovechando mejor los recursos. También hablé de innovación, flexibilidad, y del papel clave de los reactores de investigación para la medicina nuclear, incluso en la exploración espacial. Y sí, también hablé de España. De cómo nuestras centrales nucleares, entre las más seguras del mundo, tienen previsto su cierre por decisión del Gobierno, basándose en argumentos prefabricados sobre residuos, costes o flexibilidad. Si nada lo impide, serán sustituidas por ciclos combinados de gas, justo cuando más necesitamos energía limpia, abundante y estable. Además, presenté por primera vez la cubierta de la edición en inglés de mi primer libro, “Nuclear power will save the world”, que pronto estará disponible en Amazon, creada por mi diseñador gráfico, mi hijo Álvaro. Gracias a todo el equipo del Andorra Economic Forum por la invitación y la magnífica hospitalidad, al resto de ponentes, y a todos los que llenasteis el Centre de Congressos d’Andorra la Vella.

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El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, miente sobre las centrales nucleares o demuestra su ignorancia sobre tecnología eléctrica al acusarlas de empeorar el apagón del 28 de abril de 2025. Las centrales nucleares aportan inercia al sistema eléctrico, ayudando a evitar apagones frente a oscilaciones en la frecuencia, como la que se produjo ayer. En el momento del apagón, la mitad de la potencia nuclear estaba parada, en gran parte debido a los bajos precios de la electricidad y a una desproporcionada carga impositiva sobre las nucleares, que ha aumentado un 71% desde 2019, como explica PwC España: Red Eléctrica, que depende del Gobierno, fue quien autorizó esas paradas, siendo por tanto responsable de que no hubiera suficiente potencia firme de generadores síncronos que podrían haber evitado el apagón. El informe financiero anual de Red Eléctrica, realizado por Ernst & Young, advierte del riesgo de apagones en España tras el cierre nuclear: «Mayor dificultad en la operación del sistema: reducción de potencia firme y capacidades de balance y mayor riesgo de incidentes en la operación que puedan afectar al suministro». Informe número 20462, fechado el 26/02/2025 y publicado por la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV): El Consejo General de Colegios Oficiales de Ingenieros Industriales, Consejo Ingenieros Industriales, también advirtió al Gobierno que cerrar las centrales nucleares aumentaría la inestabilidad del sistema por la pérdida de potencia firme, así como las emisiones de dióxido de carbono y el precio de la electricidad, debido a su sustitución por centrales de gas: Cuando las centrales nucleares se desconectan de la red, pasan a alimentarse de ella. Al producirse el apagón, arrancaron automáticamente sus generadores diésel, proporcionando energía a todos sus sistemas esenciales y de emergencia hasta que se recuperó el suministro eléctrico. Lo explica el Consejo de Seguridad Nuclear en su nota de prensa nº 1: El mix eléctrico español es equilibrado y cada tecnología cumple una función. Las centrales nucleares no están diseñadas para restablecer el servicio tras un apagón (tampoco lo están la eólica o la solar fotovoltaica), pero sí ayudan a evitarlos gracias a su aportación de inercia, como he explicado, algo que no hacen las renovables variables.

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Recogida de cable atómica.

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